jueves, 11 de junio de 2009

Alebrije Primero



Tal vez por mi predisposición a la heterogeneidad de las formas, a lo mutable y a lo poco consistente, me siento inclinado por esas figuras míticas que a cada paso cambian de forma haciendo gala de sus artes. O tal vez porque una vez Don Felipe Mancilla Margalli, que es para mi lo que Sócrates era para los griegos (una conciencia incorruptible), me describió con una de las frases que más justifican mis hechos y mis dichos: “Manuel”, me dijo con toda propiedad, “tienes el alma retacada de alebrijes”. La sentencia filípica me pareció tan contundente que se convirtió en mi tarjeta de presentación. No sólo cuando me piden que me describa en seis palabras sino hasta en mi perfil del Hi5. Después de perder innumerables batallas, y ya resignado a compartir mi alma con estos seres anegados y poco comedidos, resolví alimentarles y amansarles para que, cuando alcancen buen tamaño, se vayan y no vuelvan.

 

El alumbramiento de este criadero de alebrijes es un intento por exorcizarlos, pero también es un pretexto para asirme con las uñas, con éstas que tecleo, a mis lazos comunitarios  más sentidos. Busco acercarme a mis gentes ahora que estoy lejos y, aunque sea de manera epistolar, darles cuenta de los periplos en los que me enredo como inmigrante, para que no tengan pendiente. Es un monólogo que aspira a diálogo, y acaba siendo borlote, con el único afán de contarles mis historias.  O quizá todo resulte  en un empeño, solitario y lamentable, por continuar practicando el idioma, que llevo aprendiendo y usando por más de treinta años, previa su metamorfosis al espanglish o a algo todavía más alegórico.

 

Por otra parte, y gracias a la tecnología, ya no es necesario publicar. Mejor aun, se puede publicar de manera selectiva. Ya no son los lectores los que eligen a los escritores sino al contrario, un escritor cualquiera, inclusive uno tan modesto y con ínfimo oficio como yo, elije, por lo menos en primera instancia, a sus lectores (parientes y amigos, pero al fin y al cabo lectores).

 

Desde luego hay inconvenientes. Al exhibir un escrito en estado bruto (sin la pulida minuciosa de un editor) existe el riesgo de liberar un engendro pletórico de lugares comunes, superficialidades patéticas y aberraciones ortográficas. Me dispuse a correrlo debido a que, al tratarse de una publicación sectaria, los receptores y probables lectores de mis exabruptos literarios tendrán siempre, eso creo, una mirada condescendiente hacia éstos.  

 

Algunos de estos alebrijes son cuentos fraguados de madrugada, estimulados por el insomnio y la nicotina. Otros son relatos de mis experiencias de recién llegado, revueltas con retacería de recuerdos que conservo de otros viajes. Se asoman también bosquejos de ensayos, poemas abortados y cartas no enviadas. Mezclas delirantes, a veces chapuceras, de realidad y ficción, con contornos más nítidos o más borrosos, rara vez conclusos. Se cuelan panfletos rapaces o lecturas comentadas. Selecciones de mi Querido Diario y recados anotados en papelitos. También recetas bien o mal logradas de cocina.  Crónicas de fobias y filias, propias o ajenas, reales y aparentes. Todo, eso sí, espejos de mis prejuicios y mis ensoñaciones. Son historias contradictorias, difusas y cambiantes. Son pues, o parecen serlo, alebrijes.

 

martes, 9 de junio de 2009

Alebrije Segundo


“No temo a las computadoras;

 lo que temo es a quedarme sin ellas”

Isaac Asimov.

 

En Washington D.C.

 

Nos llegó a la casa un folleto publicitario anunciando la venta de computadoras. Entre la agobiante diversidad de opciones está una laptop ultraportátil con cuatro gigas en ram y trescientas sesenta gigas en disco duro, con una batería que dura casi siete horas de uso continuo. Trescientos dólares a doce meses sin intereses. O sea veinticinco dólares mensuales. O sea que aquí sale más caro pedir un taxi una vez al mes que usar tecnología de punta a diario. Mi computadora, que hace cinco años me costó cinco veces más, tiene diez veces menos capacidad que la del anuncio en todos los aspectos. Me pregunto cuánto tiempo esta peregrina súper laptop lo seguirá siendo. Porque a este paso es posible que en cinco años sea más barato cambiar de computadora que subirse al metro.

 

Pienso en la primera computadora de mi hermano, que está arrumbada con apenas diez años de manufactura, y mis sobrinas de diez, siete y cinco años la ven como un armatoste despreciable e inútil. Como un estorbo. Es una Aptiva de IBM y cuando mi papá la compró era lo más avanzado en su categoría. No recuerdo su precio pero si recuerdo que papá nos dio a escoger entre un automóvil usado o esa computadora. Yo quería el auto pero mi hermano se impuso y nos compraron el armatoste (que apenas si pude tocar porque a cada intento mi hermano argüía que la iba a descomponer). Dije nos compraron pero en realidad esa primera máquina fue de mi hermano, debido a que sólo me dejaba usarla bajo su supervisión, y cuando a él ya le ardían los ojos por estar frente a la pantalla.

 

Aprendí a encender y apagar correctamente una compu hasta que pude comprar una para mí solito. Una Dell Latitude D505 fue mi primer patrimonio en ese momento (y al día de hoy, tras reiteradas embestidas de mis acreedores, el único). Desde entonces hemos sido inseparables. Me aseguran que mi laptop es una rareza, y una guerrera, porque debí cambiarla hace tiempo. Y eso era antes porque ahora la vigencia de estos aparatos es de seis meses a un año. Es cierto, con lo que he gastado en reparaciones ya hubiera comprado una nueva. ¿Y qué? Yo estoy muy a gusto y además he desarrollado una relación muy íntima con ella. Si, en sus recaídas me ha causado infinitos pesares, pero se corresponden con las satisfacciones que me ha dado o me ha ayudado a conseguir. Me ayudó a cortejar a Sabrina a pesar de la distancia. Con ella, mi impetuosa Dell, me inicié en los misterios de la navegación por los senderos llenos de peligros del ciberespacio, alcanzando los rincones más remotos y prohibidos. Gracias a su complicidad reuní una colección musical y de películas vastísima. Fue ella quien me consoló cuando me asaltaba el insomnio más despiadado (el que no deja leer ni escribir) mientras en la televisión sólo pasaban anuncios de compras por teléfono.  En fin, me ha acompañado, literalmente, a todos mis viajes por México cuando hacía de evangelista democrático y, cual fiel escudera, me asistió siempre en todas mis aventuras docentes. Me indigna que apenas tengo cuatro años con ella y ya me miren como anticuario.

 

 

 

 

 Antes de partir

 

Como adelanté mi vuelo por la crisis sanitaria en México, presintiendo lo peor en la aduana estadounidense, tuve que apresurar la resolución de mis asuntos antes de partir. Confieso que quise aprovechar una última vez la señal de Internet y, mientras yo hacía maletas, dejé a mi laptop bajando de la red la mayor cantidad de canciones en la historia de la piratería. Listo mi equipaje me dispuse a enviar por correo electrónico las cartas de despedida que había preparado y que, para que fueran válidas como adioses, tenía la firme intención de mandar desde la ciudad de México.  Descubrí aterrado, al posarme frente a ella, el oprobioso estado en el que se encontraba mi máquina. Sumida en un autismo repentino, con la pantalla enmudecida, sólo atinaba a dar una furtiva instrucción: “Ctrl + Alt para reiniciar”. Durante una hora repetí mecánicamente el imperativo sin obtener resultados. A cada intento mi laptop se apagaba y despertaba con  la misma frase circunspecta: “Crtl + Alt para reiniciar”. Proseguí con el ritual musitándole, en tono suplicante, que si despertaba de su letargo no la sometería jamás a rutinas perniciosas; y tampoco la empujaría de nuevo a revolcarse en turbias y tramposas redes para satisfacer mis apetitos video musicales. Le aseguraba que en los Estados Unidos todo sería distinto. Y lo mismo. Nada. Después de los juramentos vinieron las vejaciones. Le reclamé ser una vieja remolona y pasada de peso. Empecé a acicatearla con la amenaza de abandonarla sin más. Recibí la misma respuesta categórica: “Ctrl + Alt para reiniciar”. Le supliqué que por lo menos me dejara recuperar mi información. Que se quedara con la música y los videos a cambio de rescatar los avances, que con tantos sacrificios había logrado, de mi tesis de licenciatura. Decidida, como la esposa golpeada que ya no le cree nada al marido, me enrostró incólume la misma puta frase definitiva: “Ctrl + Alt para reiniciar”.


 El PC Gurú.

Mi asesor en materia de hardware y software, aunque no lo sabe, es un hipermodernista. Se mantiene al día en los desbocados progresos en materia de cómputo y de tecnologías de la información y la comunicación. Las contradicciones filosóficas en las que se encuentra inmerso trascienden en mucho a las que Kierkegaard o Heidegger no llegaron ni siquiera a imaginar en sus éxtasis más álgidos.  También  es especialista en contener ataques virales masivos a computadoras. Se hace llamar a sí mismo “El PC Gurú”. El Gordo, como cariñosamente me refiero a él aunque no lo sabe, me solía producir una desconfianza plena. Fiel a los usos y costumbres de los especialistas, usa términos ininteligibles para anunciar, con gesto preocupado o de resignación, un diagnóstico sofisticado y adverso sobre el equipo en cuestión. Además nunca termina el trabajo en el tiempo convenido. Igualito que los médicos o los mecánicos. Se les solicita asesoría sobre algún padecimiento insignificante y concluyen siempre en operar de emergencia para cambio de riñones o de motor, y modifican sin recato cualquier cláusula estipulada al calor de una emergencia. Como todos los gurúes, tiene un modoso y discreto pupilo que le asiste, como meritorio, en las labores diarias y que aspira a heredar, algún día, aunque sea una parte del vasto cúmulo de conocimientos que le ha prometido su maestro. Además de encargarse de las menudencias del trabajo, el asistente es responsable también de asentir con la cabeza a cada afirmación de su protector y guía frente a las preguntas bisoñas o exasperadas de la clientela. Igualito que los médicos o los mecánicos, como ya dije.

 

Pero en todos los gremios existen las excepciones y El Gordo me lo demostró el día de mi partida. Fui con él a una consulta de emergencia, puesto que me quedaban menos de veinticuatro horas en el país, y no estaba dispuesto a abandonar a mi compañera de tantas vigilias que, como corolario al cúmulo de obstáculos e infortunios que se agudizaron conforme se acercaba mi salida, parecía encontrarse en una de las peores crisis a las que se haya enfrentado jamás.

 

Como muchos de aquellos que son líderes en su ramo de conocimiento, El Gordo se levanta tarde y abre su local pasado el medio día. En esta ocasión fue distinto y después de mi tercera visita a su local cerrado, a las tres de la tarde, la angustia me orilló a buscar alternativas.  No lejos encontré un nuevo taller atendido por un desalmado que, al ver a mi computadora en estado vegetativo, la declaró clínicamente muerta. De todos modos me ofreció hacerle la lucha y me pidió que se la dejara y regresara en una semana para ver qué noticias me tenía. Le expliqué que yo salía al extranjero al otro día muy temprano y que cualquier intento de reavivarla era urgente. Me dijo que lo mejor era intentar salvar el disco duro para rescatar la información y que eso le llevaría cuando mucho dos días. Le repetí que yo tenía solamente unas horas.  Entonces me recomendó comprar otra computadora “Además en El Gabo están más baratas”, me aconsejó entusiasmado. Inútil explicarle que era mi único patrimonio y todo lo demás. Le dije que lo iba a pensar y que regresaba en unos días.

 

Caminé de vuelta, totalmente compungido, acariciando la idea de resignarme. Pasé al local de El Gordo una cuarta vez sólo para descargar mi frustración apedreando sus ventanas o intentando algún grafiti obsceno. Estaba abierto. “Hoy llegué a las tres y cuarto”, me dijo bostezando, “y voy a cerrar temprano por lo de la contingencia sanitaria” advirtió, desperezándose y buscando la aprobación de su asistente. Estallé en un mar de explicaciones que querían ser sollozos y El Gordo, impasible, comenzó a revisar mi aturdida laptop. Al concluir el escrutinio pronunció su veredicto junto a las probables causas de tan iracunda y virulenta crisis: “Tu computadora ya valió madres. Te atascaste bajando música y videos ¿Verdad?”. Nomás música, aclaré avergonzado ante la mirada inquisidora del asistente, que fruncía los labios y movía la cabeza en señal de desaprobación.  

 

Después de una exhaustiva explicación en la que El Gordo pormenorizó en cada uno de los probables caminos a seguir, y reflexionó hondamente sobre cada posible solución, con el asistente asintiendo cada tres o cuatro palabras, concluyó mordaz: “Voy a intentar rescatar tu información, a riesgo de que se me contagie todo el equipo que ves aquí. Por el aparato ya no hay nada que hacer. Es increíble que todavía encienda”. Convenimos en que recogería la información en un disco externo que le proporcioné, cuatro horas después. También acordamos que podría llevarme los despojos de la laptop, o bien dejárselos para que, con toda calma, le extirpara el disco duro y lo adaptara a un dispositivo para su reciclaje. Hizo hincapié en las cuatro horas que se requerían para llevar a cabo la misión. “Ni un minuto antes”, porque era mucho trabajo, “ni un minuto después”, porque iba a cerrar temprano por lo de la contingencia sanitaria.

 

Yo todavía tenía muchos pendientes que arreglar y no podría volver justo a tiempo, así que le pedí a mi cuñado que visitara en mi lugar al PC Gurú, en punto de la hora señalada, para evitar otro desaguisado. Así lo hizo, pero encontró cerrado el local. Consternado, él que conocía mi itinerario de vuelo, localizó no sé cómo a El Gordo para exigirle una explicación. Simplemente cerró temprano por lo de la contingencia sanitaria. De todos modos no había podido terminar y entregaría el trabajo al otro día temprano. Cuando lo supe entonces si que se me cayó el ánimo. Era más fácil que mi vuelo me esperara cuatro horas a que el PC Gurú abriera su local antes del medio día.

 

Terminé mis asuntos hasta bien entrada la madrugada. De cualquier forma no pensaba dormir mucho la última noche en mi país. Me acosté agotado y aun así el insomnio me invadió. El escritorio vacío, donde mi otrora imponente computadora se erguía, encarnó todo el sentimiento que había postergado por tanto ajetreo y me puse a chillar como un marrano. Ya no por saber a mi lap postrada y desvencijada, entre el cascajo tecnológico de un taller polvoriento, sino por absolutamente todo lo demás. Por abandonar a mis padres. Por todo lo que no hice o hice mal en México. Por arrimarme a otro país. Por dejar tanto tiradero. Hasta entonces pensé en todo eso y me sentí un desertor. 

 

Unas horas después me levanté, me bañé y bajé a desayunar. Estaba toda la familia reunida para despedirme, inclusive mi hermano Erwin. Entre bocado y bocado, mi cuñado me dijo: “no se te vaya a olvidar la computadora”. Ante mi extrañeza, precisó: “Xicoténcatl dijo que al final si la pudo arreglar”. ¿Quién es Xicoténcatl?, le pregunté confundido. “El que arregla las computadoras”, me aclaró, “Me entregó tu lap hoy muy temprano. Me dijo que respaldó toda tu información y que además arregló la compu y todo”, dijo señalando una bolsa sobre una silla. De inmediato revisé el interior del paquete y si, ahí estaba mi lap. La encendí y, rauda como en otros tiempos, trabajó sin problemas. Hasta la música y los videos recién adquiridos estaban ya encarpetados. Casi me ofendí de que mi cuñado no hubiera invitado al desayuno de despedida a El Gordo para hacerle un homenaje ahí mismo, aunque fuera pobremente. Me imaginé al Gurú, trajinando de madrugada como yo, lidiando con hordas de virus de última generación mientras consolaba a mi reumática computadora en su estado febril.

 

Tener de vuelta a mi escudera, aunque un consuelo pírrico, me ayudó a recuperar algo de esperanza para levantar el vuelo. Como de tantos otros, no me pude despedir de El Gordo. Ya no le pude decir que es mi héroe. Aunque estoy seguro que lo sabe.

 

 Epílogo.

 

La vorágine tecnológica, y la reflexión a que me obliga resignarme a la decadencia de mi computadora, es lo que me desanima del progreso. Me imagino que esta espiral sin fin es lo que produce vértigo a los postmodernistas, horror a los ambientalistas, indiferencia a los economistas y entusiasmo a los consumidores. A mí me produce aburrición y no encontré una categoría para incluirme. Que la caducidad de la tecnología ya casi se asemeje a la de los productos perecederos me hace desconfiar de todo aparato nuevo. Como desarrollé una relación muy íntima con mi laptop me resisto a la idea de, inexorablemente, abandonarla así nomás como un pedazo de basura. Sabrina (que utiliza un Blackberry de última generación y las laptops le parecen ya prehistóricas) me asegura que se debe a mi propensión a atesorar cuanto cachivache puedo. Tiene esa idea porque en México siempre me rehusé a tirar las video caseteras (una Beta y dos VHS) que teníamos en la casa. Lo mismo con una tele en blanco y negro que a veces llega a funcionar.

 

Prefiero mi versión de que soy un moderno temprano. Es decir, me sigo quedando perplejo cada vez que voy en un avión a la hora del despegue, justo cuando la nave se separa del asfalto. O cuando tengo enfrente un buque crucero, del tamaño de una unidad habitacional, suspendido en el agua. Me parece inverosímil que tantas toneladas de acero, gente y cachivaches se eleven por los aires, lo mismo que me pasma ver a esos gigantes, que pesan cientos de toneladas, a flote. También con las televisiones y video cámaras siento esa fascinación descomunal.

 

Cuando me empiezo a sentir demasiado estúpido por maravillarme con cosas tan mundanas, me pongo a pensar en cual sería la reacción de Homero o Virgilio frente, no digamos una computadora, pues sería en extremo apabullante, a las imágenes de un simple televisor. Sobre todo si se estuvieran viendo a si mismos en la pantalla. Estoy seguro que mi tele en blanco y negro haría parecer al Oráculo de Delfos una distracción de feria pueblerina.  Cotidianamente me imagino viajando por el tiempo presumiendo mi cámara de video y mi tele portátil (como las que usan los taxistas) a todos los personajes históricos que se me ocurren.

 

Cuando me empiezo a sentir demasiado estúpido por dedicarle tantas horas a mis alucinaciones, regreso a mi compu y me pongo a pensar en cosas de mi tesis de licenciatura, para animarme, una vez más, a retomar su escritura.

 

sábado, 6 de junio de 2009

Alebrije Tercero


“Caralampio cargó con su gabán y paró la jeta para quejarse: Yo me voy al norte.

 Esta tierra arde de seca que parece comal. Aquí nomás pa sembrar alebrijes”

 Fragmento del texto inédito de Juan Rulfo: “La cuna del alebrije”.

 

Se supone que migran los desheredados. Es posible. Mi abuelo Santiago lo fue y por eso salió de la ranchería que lo vio nacer y donde sepultó a dos de sus hijos, muertos precozmente. Pero la segunda vez que migró, para irse con casi toda su familia a la frontera norte, tuvo mucho que perder, lo que pone en entredicho la suposición de arranque. Mi padre, primer hijo al que la pobreza y la ignorancia de entonces permitió sobrevivir, migró cuando muy niño con mis abuelos de aquél lugar que no censaba las cincuenta almas. Se establecieron en el municipio de Erongarícuaro, en la comunidad de San Francisco Uricho. Ahí el abuelo, a base de un ingenio inusual y trabajando dieciséis horas diarias, levantó un patrimonio y un nombre. Ahí crió a Toño, su hijo mayor, que aprendió a cazar venado y huilota con los amigos, uno de los cuales, Daniel, (al que conocí ya viejo y que conservo en la memoria porque no tenía dedos y de niño escuché que se los habían arrancado a mordidas los marranos que criaba- de seguro por estar alebrijados- y que preparaba como nadie en suculentas carnitas) le entrenó en el merodeo, en las noches de espesa oscuridad, por caminos profundos e inhóspitos; y le compartió la técnica para oler veredas escarpadas y evadir malasmujeres. Daniel y Ezequiel eran sus jóscanis, o hermanos mayores, porque le convidaron del difícil arte de la paciencia, al acecho de la presa que esperaban comerse. Ahí aprendió todo lo que necesitaba. Disparando la carabina en esos cerros milenarios se hizo de reputación en el pueblo como cazador agudo y de puntería finísima, porque llegaban triunfantes, orgullosos, a destazar el venado a la plaza central en medio de las miradas suspirantes o envidiosas, frente a los festejos de mi abuela y la emoción del chiquillerío. En ese lugar, con la licencia del pueblo para terciarse la carabina a la espalda y enfrentándose al bosque nocturno, se supo hombre sin haber alcanzado todavía la pubertad. En aquellos tiempos lejanísimos, cuando en los montes  vivían pumas y en las parcelas se sembraba maíz en lugar de amapola y aguacate -en ese orden-, Antonio Figueroa vivió una infancia feliz.

 

 

 

Eran otros tiempos igual de difíciles. 

 

Antonio volvió a migrar al comienzo de su adolescencia, ahora sólo y de los pelos. Lo mandaron a Tacámbaro a continuar sus estudios de primaria. Las condiciones de su partida y su estancia en este otro pueblo fueron arregladas por mis abuelos con la maestra Carmencita, que fue para la familia lo que Vasco de Quiroga para los michoacanos (un manto de esperanza e instrucción).

 

Entre los múltiples obstáculos que enfrentó a partir de su segunda migración, estuvo el de la comunicación. En San Francisco Uricho se hablaba por aquél entonces una mezcla de castellano y purépecha (hoy día se habla espanglish). Cuando mis abuelos se establecieron en Uricho tuvieron que aprender rápidamente la lengua del Rey Tariácuri para comerciar y convivir con ésta y otras comunidades lacustres de Michoacán. Mi padre no tuvo mayores dificultades puesto que llegó muy chico y su edad le permitió asimilar rápidamente el mestizaje lingüístico (se dice que un niño puede aprender muchas lenguas tan naturalmente como aprende a caminar. En Viena conocí a una niña de tres años de edad con abuelo austriaco, madre polaca y padre dominicano que se comunicaba con el primero en firme alemán, con la segunda en ininteligible polaco—ininteligible para mí—y conmigo en un simpático español.  Bueno, tenía tres años y a lo mucho conocía unas ciento cincuenta palabras, pero me quedé con la impresión de que se repartían cincuenta en cada idioma).  Pero cuando Antonio se incorporó a la vida social y cultural de Tacámbaro se dio cuenta que su léxico y el modo en que lo hablaba causaban gracia o franco desprecio a sus compañeritos del colegio. Así que, sin contemplaciones etnoculturales, se decidió a eliminar de su acento y de su vocabulario cualquier resquicio sociolingüístico que lo delatara y le impidiera integrarse dignamente a la comunidad.

 

De esa manera logró enfrentarse a esos escuincles, y hasta trabar amistad con alguno de ellos, que se le antojaban más ponzoñosos que cualquier culebra de monte. Recordaba la primera vez que sus hermanos mayores lo llevaron al cerro. La luna chorreaba pero los pinos dejaban pasar nomás tantita luz. Por una rendija adivinó el contoneo de una coralillo. Mortificado y sin pensarlo dos veces le soltó un tiro que se desperdigó entre las ramas del paisaje prieto y helado. “¿Dónde cayó?- preguntó Ezequiel apurado, reaccionando ante el disparo del veintidós que cargaba Antonio- “Es que miré una culebra”- precisó el pupilo gimoteando pero ya descansado. “Venimos a cazar venados no culebras. Si estás muy niño y tienes miedo regrésate pa tu casa”- lo reprendieron duramente sus mayores.  El regaño lo acompañaría siempre y le daría fuerzas para continuar. Cuando se endurecía la vida más de la cuenta en el internado; cuando en las clases los maestros corregían exasperados su pronunciación; cuando los murmullos cobraban forma y espetaban “no se junten con el indio”. Cuando, apenas encanchado, tuvo que agarrar camino de nueva cuenta sin mayor consuelo que unas cemas de trigo y una talega de pesos de la tienda del abuelo,  mientras veía a su madre despedirlo otra vez, con las lágrimas que había juntado para bendecirlo nomás a él, entre la pelotera de gentes que se arremolinaba en la estación de trenes de Pátzcuaro.

 

La cuesta del progreso

 

Migró una vez más, al concluir su educación secundaria, hacia la Ciudad de México, fuerza centrípeta de todo el país, para hacer la preparatoria y, si los centavos y el espíritu duraban, coronarse como el primero del clan en ostentar un grado universitario. En ese tiempo lo que había de siglo XX estaba en el Distrito Federal; y éste ofrecía su regazo a los provincianos con agallas, dispuestos a migrar para cubrirse con la modernidad que manaba de sus nacientes instituciones.

 

En la capital del país, los matices del lenguaje que aprendió y cultivó durante años fueron un problema menor, pues se diluyeron con las otras modalidades de castellano que hablaban los demás estudiantes de provincia que venían de todo México, desde Tijuana hasta Tapachula. Hubo problemas mayores, muchos, pero los desconozco. Quien los vivió, los vivió sólo y se ha reservado siempre los detalles. Ni siquiera la abuela Leonila estuvo al tanto de todos los padecimientos y se enteró de algunos por terceras personas que, como siempre sucede, exageraban o aminoraban la magnitud de los hechos. A Antonio Figueroa, que es para mí lo que Miami para los cubanos (cercano pero inalcanzable) le escuché dos veces una sola queja de ese período: el día que lo echaron de la Casa del Estudiante y no tenía a dónde ir.

 

Resulta que Alejo Peralta, siendo director del Instituto Politécnico Nacional y a tono con la política gubernamental de criminalizar la juventud y la inconformidad, cerró de un día para otro, con el ejército por delante, las casas públicas que albergaban estudiantes foráneos pretextando que “eran nidos de vicio, cuevas de flamígera lascivia, polos de subversión”; y con toda seguridad lo eran (¡pues qué esperaba el mentecato!), como todos los albergues estudiantiles en el mundo.

 

En la calle a punta de fusil, y mientras muchos estudiantes se apresuraban a buscar un cuarto de hotel o a llamar a algún pariente, Antonio, sumergido en esa muchedumbre, se descubrió infinitamente sólo. El carácter se forma a fuego lento y con mazazos constantes; pero hay momentos cruciales, catalizadores. Puede ser que en ese instante aquél muchacho, con los bolsillos agujereados, hambriento, con un libro raído en el sobaco -y como se dice ahora, sin un alebrije que le gruñera- se jurara nunca más estar, ni él ni ninguno de los suyos, en el desamparo.

 

 

Ser, hacer, tener: en ese orden.

 

A  punta de carácter acabó la preparatoria y la universidad. El ingeniero Figueroa volvió a migrar en dos ocasiones. Una  de ellas a Tabasco, a ejercer en un ingenio cañero y una más a Veracruz, donde contrajo nupcias con una linda y sabia mujer que le acompañaría a lo largo de toda su vida.

Las dos últimas migraciones no estuvieron exentas de aventuras formidables y de historias frenéticas, pero a la distancia parecen tangenciales (Antonio nunca se sintió tabasqueño o veracruzano), porque en pocos años abandonó la apacible provincia para regresar a la capital y vivir ahí, asumiéndose como chilango, durante más de treinta años.  Al fin regresó al rancho de su alumbramiento y levantó la casa más bonita de todas. De los venados sólo quedan ecos, pero ahora se entretiene cazando alebrijes con forma de tusas. Con su carabina y su puntería intacta, mantiene a raya a las glotonas, que de otro modo se atiborrarían con las raíces de los árboles de aguacate que, erguidos en sus diferentes huertas, platican a los vecinos y a los paseantes la historia de su padre, que volvió de donde andaba para sembrarlos y mimarlos.

 


viernes, 5 de junio de 2009

...adelanto un extracto de mi Querido Diario:


Antes que Antonio estuvo el migrante Santiago, pero los detalles esenciales de los dichos y los hechos de éste se desmenuzan en “Padre de más cuatro”, título de una antología de relatos en ciernes. Como tarjeta de presentación adelanto un extracto de mi Querido Diario:

   

 

                                                                  “Nueva York, miércoles 7 de octubre de 2008.

Ya casi se cumple un año de que me metieron a la cárcel. Quiero terminar las Crónicas de Playa Tamarindo para conmemorar ese aniversario pero, aunque platicado me sale muy bien, cada que me pongo a escribir se me ocurren puras pendejadas que no tienen nada que ver con la esencia de tan aleccionadora experiencia. Demasiada literatura diría yo. Estoy intoxicado de literatura que no de filosofía. También necesito empezar con la redacción de Padre de más de cuatro. Cada vez se habla menos de mi abuelo Santiago y eso no está nada bien. Todos se lo debemos todo a él. Con él se da un parte aguas en el árbol genealógico debido a su orfandad. Nunca debemos olvidar su audacia y su tenacidad. Sobre todo su sentido del humor. Sus mejores hazañas las he ido conociendo después de su muerte porque él nunca se ufanó de nada. Le gustaba contar chistes. Tenía una moral y una didáctica demasiado sofisticadas para ponerse a dar consejos. Siempre que le platicaban un chisme o le planteaban una situación para que emitiera su juicio contaba una historia, real o inventada, muy chistosa. Con eso era suficiente. Siempre estaba de buen humor, pero no era la bonomía propia de aquél que desconoce el sufrimiento, sino la del que ha sufrido bastante como para saber por qué cosas vale la pena enojarse.

 

En sus últimos años le daba por decirnos cuando nos despedíamos de él en La Escondida: “la próxima vez que vengan me van a buscar a Tingambato”. Hasta en eso tuvo razón. Cuando lo velaron y enterraron yo estaba en el Perú. Después de nuestra última despedida lo fui a buscar al cementerio de Tingambato a mi regreso de Lima. ¡Ah, que Don Santiago Figueroa! Se la sabía de todas todas. Es mi ídolo. Tuvo una vida tan cabrona desde que nació y el resultado de chingarse tanto fue desarrollar un genuino e irrefutable sentido del humor. No soporto la idea de generaciones venideras de Figueroas ignorantes de su herencia incalculable. Yo con mil veces menos problemas siento que me voy a volver un amargado o un asesino serial de ventajosos.

 

Casi  amanece y parece que será otra noche en vela para mí”.

 

 

Epílogo.

                           “Dícese de los alebrijes que se van pero regresan. En parvadas o manadas, dependiendo la forma que

                                    pretendan, siempre vuelven a ajustar cuentas. A consolar o atormentar, según sus manías”.

Diccionario de alebrijismos. Edición de Bolsillo.

 

 

 

No cabe duda que ser un migrante exitoso no es tarea para gente de esperanza quebradiza como yo. No sé si tenga vocación migrante. Confieso que no sé si tenga vocación alguna.

 

 

Noticia urgente a destiempo, a manera de despedida (y germen de todo el borlote).

 

Mis queridos amigos:

 

Hoy tomé la decisión, que había venido postergando pero que sabía ineludible, de irme a vivir indefinidamente a los Estados Unidos.

 

La pesadumbre y el fatalismo a que sabe aquella frase no sólo se debe a que salgo de nuestro México (objetivo primerísimo y ultérrimo de nuestros desvelos y proyectos revolucionarios) con ánimo de deserción, sino también a que la sede de mi exilio será la capital política del gigante del mundo (objeto primerísimo y ultérrimo de nuestras críticas más apasionadas y envidias más soterradas). Además de los remordimientos del tránsfuga me invaden también el temor a lo desconocido y la nostalgia de mis promesas incumplidas.  Me duelen mis fallos, taras y marrullerías.

 

También me duele mi padre. Con su enfermedad y sus setenta y cuatro años a cuestas tiene que lidiar con los problemas de sus hijos que andan por la vida a los tapaderazos. No soporta que pasemos penurias y se solidariza en angustia, dilapidando sus centavos y sus años que guardaba para el sosiego.

 

Parto  con deudas académicas, pecuniarias, sentimentales y profesionales. Las boronas de entusiasmo que me quedan las voy a usar para incendiar mis naves apenas haya cruzado al Otro Lado. Como Cortés: no habrá regreso sin conquista previa

 

Por otra parte, debo reconocer que las condiciones de mi exilio se presentan, estadísticamente, muy afortunadas. Me van a hacer varias fiestas de despedida en el Distrito Federal y por lo menos dos fiestas de bienvenida en el Distrito de Columbia. A diferencia de varios millones de paisanos nuestros, caigo en blandito a mi llegada. No puedo decir que migro como las elites empresariales o intelectuales (sin un plan las primeras pero con dinero. Sin dinero pero con firme propuesta laboral las segundas) pero es un hecho que el comité de recepción encabezado por mi esposa podría agasajar a cualquier jefe de estado (en estos momentos hay dos abogados especializados en migración apurados en mis trámites de residencia y permisos de trabajo). Sabrina, mujer bella, inteligente y reincorporada al establishment  washingtoniano, me abre de par en par la puerta grande del sueño americano para iniciar desde cero una carrera profetizando en inglés y en tierra ajena.

 

Sin embargo no puedo evitar la sensación de derrota por la necesidad de mi partida. Miré siempre muy alto, queriendo volar, y me tropecé a cada intento con las piedras a ras de suelo. Por eso intento ya no mirar tanto las nubes. Ahora que ando con la mirada baja caigo en la cuenta de que el camino está lleno de piedritas y que me está costando mucho trabajo evadirlas. 

 

De verdad que no quiero rasgarme las vestiduras, pero todo lo que escribo sabe a escupitajo de tísico, por mi ánimo agrio y desvencijado. Prometo no volver a escribir hasta que haya buenas noticias.

 

Abrazos, todavía, desde México.

Manuel Figueroa.

miércoles, 3 de junio de 2009

Alebrije Cuarto



“Ciertamente se desconoce el idioma de los alebrijes.

 Pero es un hecho que siempre se dan a entender”

Citado del texto ¿Son los alebrijes seres de este mundo?

 -Discusiones sobre el génesis de los alebrijes entre Octavio Paz,

Susan Sontag y Vladimir Nabokov- Moderador: Augusto Monterroso.

 

 

Las lenguas mutantes

(o de la dependencia del contexto)

 

 

¿Y usted, en qué idioma sueña?

 

No hace mucho tiempo y por tercera ocasión le pregunté a Joanna Golecka: Oye comadrita ¿y tú en qué idioma sueñas?, y por segunda ocasión me respondió- “Ya van varias veces que me preguntas ¿a poco no te acuerdas?”- No- contesté preocupado por mi desempeño neuronal, “Pues depende del contexto de lo que esté soñando”. Para un monolingüe, como yo, esta pregunta carece de mayor trascendencia y hasta raya en la extravagancia. Pero mi comadre Juanita habla bien, lo que se dice bien, el polaco (su lengua materna), alemán (toda su formación universitaria), español (el idioma de mi compadre) e inglés (universal); también algo de francés (digamos que se defiende leyendo el Le Monde) y un poquito de italiano (tomamos alguna clase juntos en Viena).

 

Joanna domina la variante dialectal vienesa del alemán y antes utilizaba la madrileña del español, pero en buena hora conoció al compadre, y ahora domina la modalidad chilanga. Lo supe una vez que discutíamos acaloradamente si debíamos o no agregarle más sal a la pasta: “Chinguesumadre”, concluyó Juanita, empinándole el salero a la olla.

 

Su contexto geográfico tuvo mucho que ver pero su políglosis, me explica mi comadre, se debe principalmente a su vocación internacionalista. Lo normal en aquellos países de Europa Central y del Este es que hablen cuando mucho tres idiomas. El natal (por no dejar), el ruso (cincuentones, porque los más jóvenes lo intercambiaron ya por el inglés) y el alemán (por la pudiente vecindad).

 

Aunque aprender oficialmente el ruso fue un lastre para aquellos países vecinos, me quedé con la impresión de que para éstos el alemán ha sido lo que el inglés para los latinoamericanos. Se aprende con desdén. Pero se aprende. Nuestras aspiraciones se materializan en un lenguaje distinto al de nuestros sueños y por ello el estudio de un idioma hegemónico puede resultar buena inversión aunque se viva en una aldea; o tal vez por ello (como practicar el golf con  la esperanza de utilizarlo como tarjeta de presentación).

 

Hay un lugar común en varios relatos de Sienkiewicz sobre los niños inscritos en escuelas germanas en Polonia, que son reprendidos duramente por sus maestros al hablar el alemán con un acentillo polaco. El autor de Quo Vadis se lamentaba de tan absurdas exigencias a estos pequeños miserables que entendían el mundo en un idioma distinto al de su rígida instrucción impartida a punta de varazos.

 

Es notable en mucha de la literatura de Europa del Este la relación de amor odio que existe con Alemania y su idioma, debido a su hegemonía histórica en la región. Concebido como un mal necesario, el alemán se aprendía a regañadientes pero con tesón, por ser una herramienta insoslayable para los migrantes de aquellas latitudes.

Nunca puse mucha atención a las tragedias idiomáticas. Por lejanas o quizá por el contexto en el que crecí. Hasta ahora, que vivo en un lugar donde ser monolingüe es la excepción, me ajetreo con estas disquisiciones que se antojan insolubles. Más que el dominio de dos o más idiomas y del comportamiento verbal de sus hablantes, siento curiosidad por el modo en que estos se conjugan en el subconsciente, fuera de la lupa comunitaria. Más allá de la capacidad para mimetizarse al exterior, me fascinan las síntesis y contradicciones que tienen lugar en lo más profundo; en ese lugar tan íntimo que son los sueños.

 

 

 

Mis hijos no hablan conmigo,

otro idioma han aprendido

y olvidado el español.

Los Tigres del Norte.

 

La lengua en la práctica.

 

Conocí en Washington a una chica de ascendencia alemana (sus abuelos migraron a los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial), y ni ella ni su papá  conocen una sola frase en alemán. Los abuelos proscribieron en casa terminantemente ese idioma para evitarle a su descendencia las penurias de la discriminación. Bueno, hasta modificaron el apellido para facilitar su pronunciación en inglés.

En estos días el alemán está libre de pecado. Hablarlo sería hasta elegante. Pero inútil. Esta mujer habla inglés y con eso se puede comunicar con la mayoría de las personas en el mundo (entre éstas buena parte de los alemanes).  Me confesó que le hubiera gustado aprenderlo y que si tuviera tiempo lo haría. Sin embargo para ella aprender ese idioma puede ser tan prioritario como aprender a tocar el violonchelo o a cocinar comida hindú (si se pudiera qué bueno; pero si no, no pasa nada).

 

Todo el tiempo escucho recriminaciones sobre el amoral desenfado con el que se cambia de lengua. Que cómo es posible que se desdeñe la herencia cultural tan rica y milenaria y no sé cuántas cosas más.  De todos los argumentos que conozco, pasando por el cultural y sentimental, el que más me convence es el que concibe a la lengua como algo práctico en primer lugar; como una cuestión de pesos y centavos.

 

Pienso en el muchacho que trajo la pizza. Prefirió, aliviado, que habláramos en español para desahogarse conmigo (porque en su ruta no le han tocado hispanohablantes) contándome de las mil peripecias de su entrega manejando la moto bajo el aguacero washingtoniano. O el  otro que me ayudó a recoger unos muebles. Hijo de salvadoreño y ecuatoriana, se lamentaba de no haber aprendido el español por nunca practicarlo en su casa. En Washington he conocido varias personas de ascendencia latina, sobre todo mexicana, que no saben hablar español. Intuyo que no lo saben hacer, en primer lugar, porque no lo necesitan; y la mayoría de ellos están demasiado ocupados para cultivar pasatiempos.

 

 

Mi abuelo llegó a dominar la variante de purépecha que se hablaba en Pátzcuaro y sus cercanías, pero por razones de índole comercial más que por preservar el multiculturalismo. Yo he intentado estudiar esta lengua (de un librito que me regaló el papá de mi primo Eloy) sólo cuando he dispuesto de una cantidad considerable de ocio. Y a mi purépecha le ha pasado siempre lo que a mi francés. Al no practicarlo nunca, se desvanece sin dejar rastros (cuando al fin conocí París no recordaba ni como pedir un café y en Quebec no hice más que el ridículo).

 

 

Hay, desde luego, quienes luchan con aplomo (y con dinero) para preservar su idioma. Están los vascos que se empeñan en mantener viva su lengua, con la inversión de recursos que ello implica. Cosa que no pueden hacer los húngaros por el magyar (que vive con tanque de oxígeno) con sus diez millones de hablantes. Unas amigas en Budapest me explicaban con impecable acento británico que en Hungría, quien puede pagarle a sus hijos una educación escolar en inglés, aunque sea en detrimento del idioma oficial y de la economía familiar, lo hace. Preparadas, jóvenes y muy guapas, mis amigas esperaban la oportunidad de salir de su país (que tiene una economía enana) para migrar, preferentemente, a los Estados Unidos aunque se conformaban con Inglaterra o Irlanda. 

 

Los catalanes hacen lo propio y no escatiman en gastos. Una vez junto al Siena, aprendiendo a bailar Forró (nombre del baile que, se especula, deviene de la frase for all anunciada afuera de los salones de baile para animar a los paseantes de las calles riojaneirenses, de los años veinte, a sacudirse la timidez) un brasileño amigo de un amigo renegaba de haber aceptado una jugosa beca de la Generalitat de Catalunya para estudiar en Barcelona, pues era a cambio de que dichos estudios fueran en catalán; y desde que salió de ahí no ha vuelto a usar ese idioma.

 

Mientras haya con qué, los finlandeses, los israelitas y otros más apuntalarán sus respectivos idiomas oficiales sin que necesariamente crezca el número de sus hablantes. Muchos otros se atendrán a los esfuerzos individuales y sentimentales de sus migrantes.

 

 

 

“Es pues que los alebrijes destas tierras desparcidas

enseñanse la lengua por causa de estar resollando”

Bartolomé de Las Casas, Alebrijario dela Nueva España.

 

Con  la lengua por delante.

 

Hoy más que nunca pienso en la historia de la humanidad como el continuum de idiomas conquistadores y conquistados. Lenguas que victiman y que son victimadas. Antes que las creencias políticas o religiosas, lo primero que se impone es la lengua. El discurso precede a las lanzas, como instrumento primigenio de representación de la realidad; y la simbología  de nuestra vida cotidiana y nuestros sueños, termina proscrita.

 

Así le pasó a las lenguas adversarias del latín con la consolidación del Imperio Romano. También a las diversas lenguas que todavía cohabitaban con el francés, y a muchas africanas, con la primera ley general de alfabetización pergeñada en París (se hacía obligatoria la escolaridad primaria para enseñar a todos los niños a leer y escribir, en francés por supuesto). También una cantidad exuberante de idiomas en China fueron sometidos por al mandarín, a lo largo de múltiples dinastías.

 

Se han extinto más lenguas desde que se inventó la primera que flora y fauna en las historia de la humanidad. Imaginemos ¿cuántos idiomas han muerto ya? Bruscamente o con astrosa lentitud ¿Cuántas lenguas perecieron este año junto con el último de sus hablantes? ¿Cuántas en algún lugar remoto se esfumaron apenas ayer? ¿Cuántas en total desde que unos gruñidos se articularon por primera vez? ¿Cuántas lenguas, algunas vigorosas y otras germinando apenas, fueron extirpadas para siempre de la conciencia de los hombres? ¿Cuántas de ellas con niveles magistrales de sofisticación se han perdido, sin dejar ni siquiera una estela de su brillo? ¿Cuántos idiomas no gozaron ni la gracia de la hibridación, por oprobioso y subordinado que pudiera ser el mestizaje? ¿Cuántos lenguajes no alcanzaron la mención más insignificante en el registro de la historia? ¿Mil? ¿Un millón?  ¿Mil millones? …

 

Un minuto de silencio por favor.

 

 

 

La lengua exenta de culpa, que lance la primera piedra.

 

En este orden de ideas, pensemos en los lengüicidios (si cupiera el neologismo) o exterminios idiomáticos que ha perpetrado el castellano, que hablo tan orondo y al que rabiosamente defiendo, en contra de todos los lenguajes que alguna vez prosperaron en la península ibérica. Ni que decir de la imposición a fuego y sangre del español en el continente americano y algunas islas asiáticas. Tras siglos de uso se ha alimentado, y lo sigue haciendo, de tantas variantes dialectales como lugares a dónde llegó el arcabuz hispano. Me pregunto si con tantas mutaciones mi lengua materna me serviría para entenderme con Cervantes o con Quevedo (guardando las proporciones de su lucidez y tamaño de léxico con el mío). ¿Qué cantidad de lenguas avasalló a su paso el castellano, y de cuánto las despojó para nutrirse? es una cuestión en la que prefiero no pensar (cual esposa del agiotista o del narcotraficante que prefiere no saber de dónde proviene la riqueza que disfruta a diario).

 

Y ahora el castellano como todos los demás idiomas (de cualquier lugar donde haya una película pirata) está sufriendo los embates del inglés, que avanza, inexorable, engullendo el imaginario global y preñando a su paso a todas las lenguas del orbe.

 

Antes que el pasaporte, el inglés es la herramienta fundamental del migrante hoy día (recuerdo un simpático anuncio de clases de inglés, en la estación de trenes de Bratislava, donde aparecía el lobo de caperucita roja vestido como la abuelita, y en lugar de frazada, con la bandera inglesa tapado hasta las fauces), como lo fueron en su momento el latín o el francés y como creen algunos, ingenuamente, que será el mandarín cuando China desbanque a los Estados Unidos de su lugar en el mundo. Pero también es la herramienta indispensable del turista y del hombre de negocios. La del hispano hablante al que le gusta cortejar rusas y la del japonés que quiere importar a Tokio aguacates mexicanos.

 

Aun así no me acaba de gustar. No la considero una lengua con muchas ventajas prácticas. He ido descubriendo dificultades, demasiadas excepciones a las reglas, en la progresión de su aprendizaje. Me defiendo leyendo los periódicos (algunas versiones en Internet del Times) o revisando la literatura en inglés para mi tesis. Lo que me angustia, permítaseme el despropósito, es no poder leer con fluidez a De Quincy o a Chesterton, ya no digamos a Faulkner o a Joyce. Mi congoja, aclaro, no se debe a pruritos estéticos o a tufos literarios, sino a que una cosa es  escribir y leer recados y otra muy distinta desarrollarse profesionalmente en un negocio donde el manejo del lenguaje incumbe en un amplísimo margen.

 

Debido al comportamiento verbal de los angloparlantes con los que he tratado mi desarrollo fonético ha sido errático y hoy día casi nulo. Mi inglés hablado se asemeja al de un tartamudo de seis años y por ello en las reuniones sociales, y en actitud estoica, prefiero el silencio (yo que he sido siempre muy platicador), emulando a Franklin cuando sugería: “Es mejor estar callado y que piensen que uno es tonto… a hablar y confirmar las sospechas”.

 

 

 

 

 

“K t has hecho

Nos Vmos mañana

paso x ti ok, tqm”

Anónimo.

Y sin embargo, está mutando.

 

Paradojas del progreso, el mismo inglés está sufriendo mutaciones aceleradas. Al calor de unas Coronas en un bar de Los Ángeles un doctor en, a ver si lo recuerdo bien, Literatura Africana Colonial del Siglo XVII, dirigió un debate en nuestra mesa sobre la concreción absurda, pero indispensable, utilizada para escribir un mensaje que se manda por el teléfono celular. En otras y pocas palabras cuando se textea. En tono de cátedra y con la voz más autorizada del grupo, nos explicó lo que les explica todo el tiempo a sus alumnos- cito y traduzco de memoria-: “No está mal que la gente despedace el idioma para comunicarse vía celular. Lo que me parece aberrante es que el vocabulario de una persona se circunscriba a esa forma limitada y extravagante requerida en el “texteo”. Yo les digo a mis alumnos que el léxico y su hilvane semántico dependen siempre del contexto en el que se encuentren. Les propuse que vía celular nos comuniquemos en su lenguaje, pero en clase disertaremos en el mío”, concluyó solemne el doctor.

 

Sin tomar en cuanta que asistir a una clase de literatura africana de hace cuatro siglos es ya una extravagancia, considero que los alumnos  de este amigo no incurren en ninguna práctica extraordinaria y mucho menos indolente. Cualquiera que mande un mensaje con su teléfono celular (sobre todo al volante) se ve obligado a apretujar las frases cercenando sin misericordia las palabras. Es eso o quedarse a la saga de la comunicación actual, atrapado en un ostracismo digital, no por virtual menos real.

 

 

Quien esté libre del espanglish, que traduzca la palabra escanear.

 

Mi abogada bilingüe me dijo que le mandara mis papeles pero no encontraba la palabra en español y me preguntó “¿cómo se traduce to scan?” Escanear, le respondí. “¿De verdad?  Nunca me lo hubiera imaginado”. Tampoco yo me imaginaba que, efectivamente, esa es la traducción. Literalmente to scan significa algo así como “escudriñar” o “revisar ocularmente”, pero esta traducción es inaplicable en el contexto dónde comúnmente se utiliza dicho verbo. Ni el hablante más puro se atrevería a decir “escudríñamelo  para que me lo mandes a mi correo”.

 

Un amigo escritor, que goza de un manejo del castellano muy superior al grueso de los hispanohablantes,  se burlaba la víspera de mi partida diciéndome que la próxima vez que nos encontráramos le iba a preguntar: “¿Oye broder, dónde parqueo la troca?” Ante la seña que le hice, engarruñando los cinco dedos de mi mano, reviró: “No te enojes, mejor apunta mi correo de yimeil porque el de jotmeil ya casi no lo checoY ya date de alta en feisbuc que el jaifai es para los nacos”.

 

No es hipocresía de mi amigo, pulcro en la semántica y siempre atento a los barbarismos, sino arrinconamiento de la emergencia dialectal global; del ciberlenguaje. Él, como cualquiera a donde llegue una señal de Internet, es ya un dependiente del contexto. De por sí lo miran feo cuando desenfunda alguna palabra dominguera o cuando se pone a corregir acentos. No me quiero imaginar si dijera: “apunta mi correo de je-mail porque el de ot-mail ya no lo reviso. Y ya date de alta en fase bo –ok porque el ache i cinco es para los nacos”. El que escuchara esto no le entendería (y el que le entendiera y estuviera dado de alta en Hi5 se ofendería).     

 

 

Epílogo.

 

Ante la inminente mutación (que no sé cuándo empezó, y menos cuando terminará) de mi castellano que comienza a parecer un alebrije, reflexiono sobre la futilidad de cualquier esfuerzo de conservación del idioma y las variantes sociodialectales que aprendí. Con Sabrina como guía (que es capaz de alburear en inglés y español), lo mejor será dejarme llevar de la lengua por los vaivenes morfosintácticos del cosmopolitismo actual (pluridialectal, global y paninformático).

 

Me desasosiegan, qué duda cabe, las cavilaciones sobre el idioma en el que soñarán mis hijos. Me pregunto qué camino tomarán ante una o más encrucijadas lingüísticas ¿hablaremos la misma lengua o dependeremos siempre de las metáforas? Ya de por si es difícil comunicarse con los hijos. Preveo que en Michoacán en lugar de chilangos (como a mí) les llamarán pochos, delatados por la estructura fónica de su lenguaje. Mis parientes de Guadalajara pensarán que qué bueno, mejor pochos que chilangos. Al fin y al cabo todo dependerá del contexto. Preferible que le vayan al Chivas USA que al América del DF.