“Ciertamente se desconoce el idioma de los alebrijes.
Pero es un hecho que siempre se dan a entender”
Citado del texto ¿Son los alebrijes seres de este mundo?
-Discusiones sobre el génesis de los alebrijes entre Octavio Paz,
Susan Sontag y Vladimir Nabokov- Moderador: Augusto Monterroso.
Las lenguas mutantes
(o de la dependencia del contexto)
¿Y usted, en qué idioma sueña?
No hace mucho tiempo y por tercera ocasión le pregunté a Joanna Golecka: Oye comadrita ¿y tú en qué idioma sueñas?, y por segunda ocasión me respondió- “Ya van varias veces que me preguntas ¿a poco no te acuerdas?”- No- contesté preocupado por mi desempeño neuronal, “Pues depende del contexto de lo que esté soñando”. Para un monolingüe, como yo, esta pregunta carece de mayor trascendencia y hasta raya en la extravagancia. Pero mi comadre Juanita habla bien, lo que se dice bien, el polaco (su lengua materna), alemán (toda su formación universitaria), español (el idioma de mi compadre) e inglés (universal); también algo de francés (digamos que se defiende leyendo el Le Monde) y un poquito de italiano (tomamos alguna clase juntos en Viena).
Joanna domina la variante dialectal vienesa del alemán y antes utilizaba la madrileña del español, pero en buena hora conoció al compadre, y ahora domina la modalidad chilanga. Lo supe una vez que discutíamos acaloradamente si debíamos o no agregarle más sal a la pasta: “Chinguesumadre”, concluyó Juanita, empinándole el salero a la olla.
Su contexto geográfico tuvo mucho que ver pero su políglosis, me explica mi comadre, se debe principalmente a su vocación internacionalista. Lo normal en aquellos países de Europa Central y del Este es que hablen cuando mucho tres idiomas. El natal (por no dejar), el ruso (cincuentones, porque los más jóvenes lo intercambiaron ya por el inglés) y el alemán (por la pudiente vecindad).
Aunque aprender oficialmente el ruso fue un lastre para aquellos países vecinos, me quedé con la impresión de que para éstos el alemán ha sido lo que el inglés para los latinoamericanos. Se aprende con desdén. Pero se aprende. Nuestras aspiraciones se materializan en un lenguaje distinto al de nuestros sueños y por ello el estudio de un idioma hegemónico puede resultar buena inversión aunque se viva en una aldea; o tal vez por ello (como practicar el golf con la esperanza de utilizarlo como tarjeta de presentación).
Hay un lugar común en varios relatos de Sienkiewicz sobre los niños inscritos en escuelas germanas en Polonia, que son reprendidos duramente por sus maestros al hablar el alemán con un acentillo polaco. El autor de Quo Vadis se lamentaba de tan absurdas exigencias a estos pequeños miserables que entendían el mundo en un idioma distinto al de su rígida instrucción impartida a punta de varazos.
Es notable en mucha de la literatura de Europa del Este la relación de amor odio que existe con Alemania y su idioma, debido a su hegemonía histórica en la región. Concebido como un mal necesario, el alemán se aprendía a regañadientes pero con tesón, por ser una herramienta insoslayable para los migrantes de aquellas latitudes.
Nunca puse mucha atención a las tragedias idiomáticas. Por lejanas o quizá por el contexto en el que crecí. Hasta ahora, que vivo en un lugar donde ser monolingüe es la excepción, me ajetreo con estas disquisiciones que se antojan insolubles. Más que el dominio de dos o más idiomas y del comportamiento verbal de sus hablantes, siento curiosidad por el modo en que estos se conjugan en el subconsciente, fuera de la lupa comunitaria. Más allá de la capacidad para mimetizarse al exterior, me fascinan las síntesis y contradicciones que tienen lugar en lo más profundo; en ese lugar tan íntimo que son los sueños.
Mis hijos no hablan conmigo,
otro idioma han aprendido
y olvidado el español.
Los Tigres del Norte.
La lengua en la práctica.
Conocí en Washington a una chica de ascendencia alemana (sus abuelos migraron a los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial), y ni ella ni su papá conocen una sola frase en alemán. Los abuelos proscribieron en casa terminantemente ese idioma para evitarle a su descendencia las penurias de la discriminación. Bueno, hasta modificaron el apellido para facilitar su pronunciación en inglés.
En estos días el alemán está libre de pecado. Hablarlo sería hasta elegante. Pero inútil. Esta mujer habla inglés y con eso se puede comunicar con la mayoría de las personas en el mundo (entre éstas buena parte de los alemanes). Me confesó que le hubiera gustado aprenderlo y que si tuviera tiempo lo haría. Sin embargo para ella aprender ese idioma puede ser tan prioritario como aprender a tocar el violonchelo o a cocinar comida hindú (si se pudiera qué bueno; pero si no, no pasa nada).
Todo el tiempo escucho recriminaciones sobre el amoral desenfado con el que se cambia de lengua. Que cómo es posible que se desdeñe la herencia cultural tan rica y milenaria y no sé cuántas cosas más. De todos los argumentos que conozco, pasando por el cultural y sentimental, el que más me convence es el que concibe a la lengua como algo práctico en primer lugar; como una cuestión de pesos y centavos.
Pienso en el muchacho que trajo la pizza. Prefirió, aliviado, que habláramos en español para desahogarse conmigo (porque en su ruta no le han tocado hispanohablantes) contándome de las mil peripecias de su entrega manejando la moto bajo el aguacero washingtoniano. O el otro que me ayudó a recoger unos muebles. Hijo de salvadoreño y ecuatoriana, se lamentaba de no haber aprendido el español por nunca practicarlo en su casa. En Washington he conocido varias personas de ascendencia latina, sobre todo mexicana, que no saben hablar español. Intuyo que no lo saben hacer, en primer lugar, porque no lo necesitan; y la mayoría de ellos están demasiado ocupados para cultivar pasatiempos.
Mi abuelo llegó a dominar la variante de purépecha que se hablaba en Pátzcuaro y sus cercanías, pero por razones de índole comercial más que por preservar el multiculturalismo. Yo he intentado estudiar esta lengua (de un librito que me regaló el papá de mi primo Eloy) sólo cuando he dispuesto de una cantidad considerable de ocio. Y a mi purépecha le ha pasado siempre lo que a mi francés. Al no practicarlo nunca, se desvanece sin dejar rastros (cuando al fin conocí París no recordaba ni como pedir un café y en Quebec no hice más que el ridículo).
Hay, desde luego, quienes luchan con aplomo (y con dinero) para preservar su idioma. Están los vascos que se empeñan en mantener viva su lengua, con la inversión de recursos que ello implica. Cosa que no pueden hacer los húngaros por el magyar (que vive con tanque de oxígeno) con sus diez millones de hablantes. Unas amigas en Budapest me explicaban con impecable acento británico que en Hungría, quien puede pagarle a sus hijos una educación escolar en inglés, aunque sea en detrimento del idioma oficial y de la economía familiar, lo hace. Preparadas, jóvenes y muy guapas, mis amigas esperaban la oportunidad de salir de su país (que tiene una economía enana) para migrar, preferentemente, a los Estados Unidos aunque se conformaban con Inglaterra o Irlanda.
Los catalanes hacen lo propio y no escatiman en gastos. Una vez junto al Siena, aprendiendo a bailar Forró (nombre del baile que, se especula, deviene de la frase for all anunciada afuera de los salones de baile para animar a los paseantes de las calles riojaneirenses, de los años veinte, a sacudirse la timidez) un brasileño amigo de un amigo renegaba de haber aceptado una jugosa beca de la Generalitat de Catalunya para estudiar en Barcelona, pues era a cambio de que dichos estudios fueran en catalán; y desde que salió de ahí no ha vuelto a usar ese idioma.
Mientras haya con qué, los finlandeses, los israelitas y otros más apuntalarán sus respectivos idiomas oficiales sin que necesariamente crezca el número de sus hablantes. Muchos otros se atendrán a los esfuerzos individuales y sentimentales de sus migrantes.
“Es pues que los alebrijes destas tierras desparcidas
enseñanse la lengua por causa de estar resollando”
Bartolomé de Las Casas, Alebrijario dela Nueva España.
Con la lengua por delante.
Hoy más que nunca pienso en la historia de la humanidad como el continuum de idiomas conquistadores y conquistados. Lenguas que victiman y que son victimadas. Antes que las creencias políticas o religiosas, lo primero que se impone es la lengua. El discurso precede a las lanzas, como instrumento primigenio de representación de la realidad; y la simbología de nuestra vida cotidiana y nuestros sueños, termina proscrita.
Así le pasó a las lenguas adversarias del latín con la consolidación del Imperio Romano. También a las diversas lenguas que todavía cohabitaban con el francés, y a muchas africanas, con la primera ley general de alfabetización pergeñada en París (se hacía obligatoria la escolaridad primaria para enseñar a todos los niños a leer y escribir, en francés por supuesto). También una cantidad exuberante de idiomas en China fueron sometidos por al mandarín, a lo largo de múltiples dinastías.
Se han extinto más lenguas desde que se inventó la primera que flora y fauna en las historia de la humanidad. Imaginemos ¿cuántos idiomas han muerto ya? Bruscamente o con astrosa lentitud ¿Cuántas lenguas perecieron este año junto con el último de sus hablantes? ¿Cuántas en algún lugar remoto se esfumaron apenas ayer? ¿Cuántas en total desde que unos gruñidos se articularon por primera vez? ¿Cuántas lenguas, algunas vigorosas y otras germinando apenas, fueron extirpadas para siempre de la conciencia de los hombres? ¿Cuántas de ellas con niveles magistrales de sofisticación se han perdido, sin dejar ni siquiera una estela de su brillo? ¿Cuántos idiomas no gozaron ni la gracia de la hibridación, por oprobioso y subordinado que pudiera ser el mestizaje? ¿Cuántos lenguajes no alcanzaron la mención más insignificante en el registro de la historia? ¿Mil? ¿Un millón? ¿Mil millones? …
Un minuto de silencio por favor.
La lengua exenta de culpa, que lance la primera piedra.
En este orden de ideas, pensemos en los lengüicidios (si cupiera el neologismo) o exterminios idiomáticos que ha perpetrado el castellano, que hablo tan orondo y al que rabiosamente defiendo, en contra de todos los lenguajes que alguna vez prosperaron en la península ibérica. Ni que decir de la imposición a fuego y sangre del español en el continente americano y algunas islas asiáticas. Tras siglos de uso se ha alimentado, y lo sigue haciendo, de tantas variantes dialectales como lugares a dónde llegó el arcabuz hispano. Me pregunto si con tantas mutaciones mi lengua materna me serviría para entenderme con Cervantes o con Quevedo (guardando las proporciones de su lucidez y tamaño de léxico con el mío). ¿Qué cantidad de lenguas avasalló a su paso el castellano, y de cuánto las despojó para nutrirse? es una cuestión en la que prefiero no pensar (cual esposa del agiotista o del narcotraficante que prefiere no saber de dónde proviene la riqueza que disfruta a diario).
Y ahora el castellano como todos los demás idiomas (de cualquier lugar donde haya una película pirata) está sufriendo los embates del inglés, que avanza, inexorable, engullendo el imaginario global y preñando a su paso a todas las lenguas del orbe.
Antes que el pasaporte, el inglés es la herramienta fundamental del migrante hoy día (recuerdo un simpático anuncio de clases de inglés, en la estación de trenes de Bratislava, donde aparecía el lobo de caperucita roja vestido como la abuelita, y en lugar de frazada, con la bandera inglesa tapado hasta las fauces), como lo fueron en su momento el latín o el francés y como creen algunos, ingenuamente, que será el mandarín cuando China desbanque a los Estados Unidos de su lugar en el mundo. Pero también es la herramienta indispensable del turista y del hombre de negocios. La del hispano hablante al que le gusta cortejar rusas y la del japonés que quiere importar a Tokio aguacates mexicanos.
Aun así no me acaba de gustar. No la considero una lengua con muchas ventajas prácticas. He ido descubriendo dificultades, demasiadas excepciones a las reglas, en la progresión de su aprendizaje. Me defiendo leyendo los periódicos (algunas versiones en Internet del Times) o revisando la literatura en inglés para mi tesis. Lo que me angustia, permítaseme el despropósito, es no poder leer con fluidez a De Quincy o a Chesterton, ya no digamos a Faulkner o a Joyce. Mi congoja, aclaro, no se debe a pruritos estéticos o a tufos literarios, sino a que una cosa es escribir y leer recados y otra muy distinta desarrollarse profesionalmente en un negocio donde el manejo del lenguaje incumbe en un amplísimo margen.
Debido al comportamiento verbal de los angloparlantes con los que he tratado mi desarrollo fonético ha sido errático y hoy día casi nulo. Mi inglés hablado se asemeja al de un tartamudo de seis años y por ello en las reuniones sociales, y en actitud estoica, prefiero el silencio (yo que he sido siempre muy platicador), emulando a Franklin cuando sugería: “Es mejor estar callado y que piensen que uno es tonto… a hablar y confirmar las sospechas”.
“K t has hecho
Nos Vmos mañana
paso x ti ok, tqm”
Anónimo.
Y sin embargo, está mutando.
Paradojas del progreso, el mismo inglés está sufriendo mutaciones aceleradas. Al calor de unas Coronas en un bar de Los Ángeles un doctor en, a ver si lo recuerdo bien, Literatura Africana Colonial del Siglo XVII, dirigió un debate en nuestra mesa sobre la concreción absurda, pero indispensable, utilizada para escribir un mensaje que se manda por el teléfono celular. En otras y pocas palabras cuando se textea. En tono de cátedra y con la voz más autorizada del grupo, nos explicó lo que les explica todo el tiempo a sus alumnos- cito y traduzco de memoria-: “No está mal que la gente despedace el idioma para comunicarse vía celular. Lo que me parece aberrante es que el vocabulario de una persona se circunscriba a esa forma limitada y extravagante requerida en el “texteo”. Yo les digo a mis alumnos que el léxico y su hilvane semántico dependen siempre del contexto en el que se encuentren. Les propuse que vía celular nos comuniquemos en su lenguaje, pero en clase disertaremos en el mío”, concluyó solemne el doctor.
Sin tomar en cuanta que asistir a una clase de literatura africana de hace cuatro siglos es ya una extravagancia, considero que los alumnos de este amigo no incurren en ninguna práctica extraordinaria y mucho menos indolente. Cualquiera que mande un mensaje con su teléfono celular (sobre todo al volante) se ve obligado a apretujar las frases cercenando sin misericordia las palabras. Es eso o quedarse a la saga de la comunicación actual, atrapado en un ostracismo digital, no por virtual menos real.
Quien esté libre del espanglish, que traduzca la palabra escanear.
Mi abogada bilingüe me dijo que le mandara mis papeles pero no encontraba la palabra en español y me preguntó “¿cómo se traduce to scan?” Escanear, le respondí. “¿De verdad? Nunca me lo hubiera imaginado”. Tampoco yo me imaginaba que, efectivamente, esa es la traducción. Literalmente to scan significa algo así como “escudriñar” o “revisar ocularmente”, pero esta traducción es inaplicable en el contexto dónde comúnmente se utiliza dicho verbo. Ni el hablante más puro se atrevería a decir “escudríñamelo para que me lo mandes a mi correo”.
Un amigo escritor, que goza de un manejo del castellano muy superior al grueso de los hispanohablantes, se burlaba la víspera de mi partida diciéndome que la próxima vez que nos encontráramos le iba a preguntar: “¿Oye broder, dónde parqueo la troca?” Ante la seña que le hice, engarruñando los cinco dedos de mi mano, reviró: “No te enojes, mejor apunta mi correo de yimeil porque el de jotmeil ya casi no lo checo. Y ya date de alta en feisbuc que el jaifai es para los nacos”.
No es hipocresía de mi amigo, pulcro en la semántica y siempre atento a los barbarismos, sino arrinconamiento de la emergencia dialectal global; del ciberlenguaje. Él, como cualquiera a donde llegue una señal de Internet, es ya un dependiente del contexto. De por sí lo miran feo cuando desenfunda alguna palabra dominguera o cuando se pone a corregir acentos. No me quiero imaginar si dijera: “apunta mi correo de je-mail porque el de ot-mail ya no lo reviso. Y ya date de alta en fase bo –ok porque el ache i cinco es para los nacos”. El que escuchara esto no le entendería (y el que le entendiera y estuviera dado de alta en Hi5 se ofendería).
Epílogo.
Ante la inminente mutación (que no sé cuándo empezó, y menos cuando terminará) de mi castellano que comienza a parecer un alebrije, reflexiono sobre la futilidad de cualquier esfuerzo de conservación del idioma y las variantes sociodialectales que aprendí. Con Sabrina como guía (que es capaz de alburear en inglés y español), lo mejor será dejarme llevar de la lengua por los vaivenes morfosintácticos del cosmopolitismo actual (pluridialectal, global y paninformático).
Me desasosiegan, qué duda cabe, las cavilaciones sobre el idioma en el que soñarán mis hijos. Me pregunto qué camino tomarán ante una o más encrucijadas lingüísticas ¿hablaremos la misma lengua o dependeremos siempre de las metáforas? Ya de por si es difícil comunicarse con los hijos. Preveo que en Michoacán en lugar de chilangos (como a mí) les llamarán pochos, delatados por la estructura fónica de su lenguaje. Mis parientes de Guadalajara pensarán que qué bueno, mejor pochos que chilangos. Al fin y al cabo todo dependerá del contexto. Preferible que le vayan al Chivas USA que al América del DF.