sábado, 6 de junio de 2009

Alebrije Tercero


“Caralampio cargó con su gabán y paró la jeta para quejarse: Yo me voy al norte.

 Esta tierra arde de seca que parece comal. Aquí nomás pa sembrar alebrijes”

 Fragmento del texto inédito de Juan Rulfo: “La cuna del alebrije”.

 

Se supone que migran los desheredados. Es posible. Mi abuelo Santiago lo fue y por eso salió de la ranchería que lo vio nacer y donde sepultó a dos de sus hijos, muertos precozmente. Pero la segunda vez que migró, para irse con casi toda su familia a la frontera norte, tuvo mucho que perder, lo que pone en entredicho la suposición de arranque. Mi padre, primer hijo al que la pobreza y la ignorancia de entonces permitió sobrevivir, migró cuando muy niño con mis abuelos de aquél lugar que no censaba las cincuenta almas. Se establecieron en el municipio de Erongarícuaro, en la comunidad de San Francisco Uricho. Ahí el abuelo, a base de un ingenio inusual y trabajando dieciséis horas diarias, levantó un patrimonio y un nombre. Ahí crió a Toño, su hijo mayor, que aprendió a cazar venado y huilota con los amigos, uno de los cuales, Daniel, (al que conocí ya viejo y que conservo en la memoria porque no tenía dedos y de niño escuché que se los habían arrancado a mordidas los marranos que criaba- de seguro por estar alebrijados- y que preparaba como nadie en suculentas carnitas) le entrenó en el merodeo, en las noches de espesa oscuridad, por caminos profundos e inhóspitos; y le compartió la técnica para oler veredas escarpadas y evadir malasmujeres. Daniel y Ezequiel eran sus jóscanis, o hermanos mayores, porque le convidaron del difícil arte de la paciencia, al acecho de la presa que esperaban comerse. Ahí aprendió todo lo que necesitaba. Disparando la carabina en esos cerros milenarios se hizo de reputación en el pueblo como cazador agudo y de puntería finísima, porque llegaban triunfantes, orgullosos, a destazar el venado a la plaza central en medio de las miradas suspirantes o envidiosas, frente a los festejos de mi abuela y la emoción del chiquillerío. En ese lugar, con la licencia del pueblo para terciarse la carabina a la espalda y enfrentándose al bosque nocturno, se supo hombre sin haber alcanzado todavía la pubertad. En aquellos tiempos lejanísimos, cuando en los montes  vivían pumas y en las parcelas se sembraba maíz en lugar de amapola y aguacate -en ese orden-, Antonio Figueroa vivió una infancia feliz.

 

 

 

Eran otros tiempos igual de difíciles. 

 

Antonio volvió a migrar al comienzo de su adolescencia, ahora sólo y de los pelos. Lo mandaron a Tacámbaro a continuar sus estudios de primaria. Las condiciones de su partida y su estancia en este otro pueblo fueron arregladas por mis abuelos con la maestra Carmencita, que fue para la familia lo que Vasco de Quiroga para los michoacanos (un manto de esperanza e instrucción).

 

Entre los múltiples obstáculos que enfrentó a partir de su segunda migración, estuvo el de la comunicación. En San Francisco Uricho se hablaba por aquél entonces una mezcla de castellano y purépecha (hoy día se habla espanglish). Cuando mis abuelos se establecieron en Uricho tuvieron que aprender rápidamente la lengua del Rey Tariácuri para comerciar y convivir con ésta y otras comunidades lacustres de Michoacán. Mi padre no tuvo mayores dificultades puesto que llegó muy chico y su edad le permitió asimilar rápidamente el mestizaje lingüístico (se dice que un niño puede aprender muchas lenguas tan naturalmente como aprende a caminar. En Viena conocí a una niña de tres años de edad con abuelo austriaco, madre polaca y padre dominicano que se comunicaba con el primero en firme alemán, con la segunda en ininteligible polaco—ininteligible para mí—y conmigo en un simpático español.  Bueno, tenía tres años y a lo mucho conocía unas ciento cincuenta palabras, pero me quedé con la impresión de que se repartían cincuenta en cada idioma).  Pero cuando Antonio se incorporó a la vida social y cultural de Tacámbaro se dio cuenta que su léxico y el modo en que lo hablaba causaban gracia o franco desprecio a sus compañeritos del colegio. Así que, sin contemplaciones etnoculturales, se decidió a eliminar de su acento y de su vocabulario cualquier resquicio sociolingüístico que lo delatara y le impidiera integrarse dignamente a la comunidad.

 

De esa manera logró enfrentarse a esos escuincles, y hasta trabar amistad con alguno de ellos, que se le antojaban más ponzoñosos que cualquier culebra de monte. Recordaba la primera vez que sus hermanos mayores lo llevaron al cerro. La luna chorreaba pero los pinos dejaban pasar nomás tantita luz. Por una rendija adivinó el contoneo de una coralillo. Mortificado y sin pensarlo dos veces le soltó un tiro que se desperdigó entre las ramas del paisaje prieto y helado. “¿Dónde cayó?- preguntó Ezequiel apurado, reaccionando ante el disparo del veintidós que cargaba Antonio- “Es que miré una culebra”- precisó el pupilo gimoteando pero ya descansado. “Venimos a cazar venados no culebras. Si estás muy niño y tienes miedo regrésate pa tu casa”- lo reprendieron duramente sus mayores.  El regaño lo acompañaría siempre y le daría fuerzas para continuar. Cuando se endurecía la vida más de la cuenta en el internado; cuando en las clases los maestros corregían exasperados su pronunciación; cuando los murmullos cobraban forma y espetaban “no se junten con el indio”. Cuando, apenas encanchado, tuvo que agarrar camino de nueva cuenta sin mayor consuelo que unas cemas de trigo y una talega de pesos de la tienda del abuelo,  mientras veía a su madre despedirlo otra vez, con las lágrimas que había juntado para bendecirlo nomás a él, entre la pelotera de gentes que se arremolinaba en la estación de trenes de Pátzcuaro.

 

La cuesta del progreso

 

Migró una vez más, al concluir su educación secundaria, hacia la Ciudad de México, fuerza centrípeta de todo el país, para hacer la preparatoria y, si los centavos y el espíritu duraban, coronarse como el primero del clan en ostentar un grado universitario. En ese tiempo lo que había de siglo XX estaba en el Distrito Federal; y éste ofrecía su regazo a los provincianos con agallas, dispuestos a migrar para cubrirse con la modernidad que manaba de sus nacientes instituciones.

 

En la capital del país, los matices del lenguaje que aprendió y cultivó durante años fueron un problema menor, pues se diluyeron con las otras modalidades de castellano que hablaban los demás estudiantes de provincia que venían de todo México, desde Tijuana hasta Tapachula. Hubo problemas mayores, muchos, pero los desconozco. Quien los vivió, los vivió sólo y se ha reservado siempre los detalles. Ni siquiera la abuela Leonila estuvo al tanto de todos los padecimientos y se enteró de algunos por terceras personas que, como siempre sucede, exageraban o aminoraban la magnitud de los hechos. A Antonio Figueroa, que es para mí lo que Miami para los cubanos (cercano pero inalcanzable) le escuché dos veces una sola queja de ese período: el día que lo echaron de la Casa del Estudiante y no tenía a dónde ir.

 

Resulta que Alejo Peralta, siendo director del Instituto Politécnico Nacional y a tono con la política gubernamental de criminalizar la juventud y la inconformidad, cerró de un día para otro, con el ejército por delante, las casas públicas que albergaban estudiantes foráneos pretextando que “eran nidos de vicio, cuevas de flamígera lascivia, polos de subversión”; y con toda seguridad lo eran (¡pues qué esperaba el mentecato!), como todos los albergues estudiantiles en el mundo.

 

En la calle a punta de fusil, y mientras muchos estudiantes se apresuraban a buscar un cuarto de hotel o a llamar a algún pariente, Antonio, sumergido en esa muchedumbre, se descubrió infinitamente sólo. El carácter se forma a fuego lento y con mazazos constantes; pero hay momentos cruciales, catalizadores. Puede ser que en ese instante aquél muchacho, con los bolsillos agujereados, hambriento, con un libro raído en el sobaco -y como se dice ahora, sin un alebrije que le gruñera- se jurara nunca más estar, ni él ni ninguno de los suyos, en el desamparo.

 

 

Ser, hacer, tener: en ese orden.

 

A  punta de carácter acabó la preparatoria y la universidad. El ingeniero Figueroa volvió a migrar en dos ocasiones. Una  de ellas a Tabasco, a ejercer en un ingenio cañero y una más a Veracruz, donde contrajo nupcias con una linda y sabia mujer que le acompañaría a lo largo de toda su vida.

Las dos últimas migraciones no estuvieron exentas de aventuras formidables y de historias frenéticas, pero a la distancia parecen tangenciales (Antonio nunca se sintió tabasqueño o veracruzano), porque en pocos años abandonó la apacible provincia para regresar a la capital y vivir ahí, asumiéndose como chilango, durante más de treinta años.  Al fin regresó al rancho de su alumbramiento y levantó la casa más bonita de todas. De los venados sólo quedan ecos, pero ahora se entretiene cazando alebrijes con forma de tusas. Con su carabina y su puntería intacta, mantiene a raya a las glotonas, que de otro modo se atiborrarían con las raíces de los árboles de aguacate que, erguidos en sus diferentes huertas, platican a los vecinos y a los paseantes la historia de su padre, que volvió de donde andaba para sembrarlos y mimarlos.

 


No hay comentarios: