lo que temo es a quedarme sin ellas”
Isaac Asimov.
En Washington D.C.
Nos llegó a la casa un folleto publicitario anunciando la venta de computadoras. Entre la agobiante diversidad de opciones está una laptop ultraportátil con cuatro gigas en ram y trescientas sesenta gigas en disco duro, con una batería que dura casi siete horas de uso continuo. Trescientos dólares a doce meses sin intereses. O sea veinticinco dólares mensuales. O sea que aquí sale más caro pedir un taxi una vez al mes que usar tecnología de punta a diario. Mi computadora, que hace cinco años me costó cinco veces más, tiene diez veces menos capacidad que la del anuncio en todos los aspectos. Me pregunto cuánto tiempo esta peregrina súper laptop lo seguirá siendo. Porque a este paso es posible que en cinco años sea más barato cambiar de computadora que subirse al metro.
Pienso en la primera computadora de mi hermano, que está arrumbada con apenas diez años de manufactura, y mis sobrinas de diez, siete y cinco años la ven como un armatoste despreciable e inútil. Como un estorbo. Es una Aptiva de IBM y cuando mi papá la compró era lo más avanzado en su categoría. No recuerdo su precio pero si recuerdo que papá nos dio a escoger entre un automóvil usado o esa computadora. Yo quería el auto pero mi hermano se impuso y nos compraron el armatoste (que apenas si pude tocar porque a cada intento mi hermano argüía que la iba a descomponer). Dije nos compraron pero en realidad esa primera máquina fue de mi hermano, debido a que sólo me dejaba usarla bajo su supervisión, y cuando a él ya le ardían los ojos por estar frente a la pantalla.
Aprendí a encender y apagar correctamente una compu hasta que pude comprar una para mí solito. Una Dell Latitude D505 fue mi primer patrimonio en ese momento (y al día de hoy, tras reiteradas embestidas de mis acreedores, el único). Desde entonces hemos sido inseparables. Me aseguran que mi laptop es una rareza, y una guerrera, porque debí cambiarla hace tiempo. Y eso era antes porque ahora la vigencia de estos aparatos es de seis meses a un año. Es cierto, con lo que he gastado en reparaciones ya hubiera comprado una nueva. ¿Y qué? Yo estoy muy a gusto y además he desarrollado una relación muy íntima con ella. Si, en sus recaídas me ha causado infinitos pesares, pero se corresponden con las satisfacciones que me ha dado o me ha ayudado a conseguir. Me ayudó a cortejar a Sabrina a pesar de la distancia. Con ella, mi impetuosa Dell, me inicié en los misterios de la navegación por los senderos llenos de peligros del ciberespacio, alcanzando los rincones más remotos y prohibidos. Gracias a su complicidad reuní una colección musical y de películas vastísima. Fue ella quien me consoló cuando me asaltaba el insomnio más despiadado (el que no deja leer ni escribir) mientras en la televisión sólo pasaban anuncios de compras por teléfono. En fin, me ha acompañado, literalmente, a todos mis viajes por México cuando hacía de evangelista democrático y, cual fiel escudera, me asistió siempre en todas mis aventuras docentes. Me indigna que apenas tengo cuatro años con ella y ya me miren como anticuario.
Como adelanté mi vuelo por la crisis sanitaria en México, presintiendo lo peor en la aduana estadounidense, tuve que apresurar la resolución de mis asuntos antes de partir. Confieso que quise aprovechar una última vez la señal de Internet y, mientras yo hacía maletas, dejé a mi laptop bajando de la red la mayor cantidad de canciones en la historia de la piratería. Listo mi equipaje me dispuse a enviar por correo electrónico las cartas de despedida que había preparado y que, para que fueran válidas como adioses, tenía la firme intención de mandar desde la ciudad de México. Descubrí aterrado, al posarme frente a ella, el oprobioso estado en el que se encontraba mi máquina. Sumida en un autismo repentino, con la pantalla enmudecida, sólo atinaba a dar una furtiva instrucción: “Ctrl + Alt para reiniciar”. Durante una hora repetí mecánicamente el imperativo sin obtener resultados. A cada intento mi laptop se apagaba y despertaba con la misma frase circunspecta: “Crtl + Alt para reiniciar”. Proseguí con el ritual musitándole, en tono suplicante, que si despertaba de su letargo no la sometería jamás a rutinas perniciosas; y tampoco la empujaría de nuevo a revolcarse en turbias y tramposas redes para satisfacer mis apetitos video musicales. Le aseguraba que en los Estados Unidos todo sería distinto. Y lo mismo. Nada. Después de los juramentos vinieron las vejaciones. Le reclamé ser una vieja remolona y pasada de peso. Empecé a acicatearla con la amenaza de abandonarla sin más. Recibí la misma respuesta categórica: “Ctrl + Alt para reiniciar”. Le supliqué que por lo menos me dejara recuperar mi información. Que se quedara con la música y los videos a cambio de rescatar los avances, que con tantos sacrificios había logrado, de mi tesis de licenciatura. Decidida, como la esposa golpeada que ya no le cree nada al marido, me enrostró incólume la misma puta frase definitiva: “Ctrl + Alt para reiniciar”.
Mi asesor en materia de hardware y software, aunque no lo sabe, es un hipermodernista. Se mantiene al día en los desbocados progresos en materia de cómputo y de tecnologías de la información y la comunicación. Las contradicciones filosóficas en las que se encuentra inmerso trascienden en mucho a las que Kierkegaard o Heidegger no llegaron ni siquiera a imaginar en sus éxtasis más álgidos. También es especialista en contener ataques virales masivos a computadoras. Se hace llamar a sí mismo “El PC Gurú”. El Gordo, como cariñosamente me refiero a él aunque no lo sabe, me solía producir una desconfianza plena. Fiel a los usos y costumbres de los especialistas, usa términos ininteligibles para anunciar, con gesto preocupado o de resignación, un diagnóstico sofisticado y adverso sobre el equipo en cuestión. Además nunca termina el trabajo en el tiempo convenido. Igualito que los médicos o los mecánicos. Se les solicita asesoría sobre algún padecimiento insignificante y concluyen siempre en operar de emergencia para cambio de riñones o de motor, y modifican sin recato cualquier cláusula estipulada al calor de una emergencia. Como todos los gurúes, tiene un modoso y discreto pupilo que le asiste, como meritorio, en las labores diarias y que aspira a heredar, algún día, aunque sea una parte del vasto cúmulo de conocimientos que le ha prometido su maestro. Además de encargarse de las menudencias del trabajo, el asistente es responsable también de asentir con la cabeza a cada afirmación de su protector y guía frente a las preguntas bisoñas o exasperadas de la clientela. Igualito que los médicos o los mecánicos, como ya dije.
Pero en todos los gremios existen las excepciones y El Gordo me lo demostró el día de mi partida. Fui con él a una consulta de emergencia, puesto que me quedaban menos de veinticuatro horas en el país, y no estaba dispuesto a abandonar a mi compañera de tantas vigilias que, como corolario al cúmulo de obstáculos e infortunios que se agudizaron conforme se acercaba mi salida, parecía encontrarse en una de las peores crisis a las que se haya enfrentado jamás.
Como muchos de aquellos que son líderes en su ramo de conocimiento, El Gordo se levanta tarde y abre su local pasado el medio día. En esta ocasión fue distinto y después de mi tercera visita a su local cerrado, a las tres de la tarde, la angustia me orilló a buscar alternativas. No lejos encontré un nuevo taller atendido por un desalmado que, al ver a mi computadora en estado vegetativo, la declaró clínicamente muerta. De todos modos me ofreció hacerle la lucha y me pidió que se la dejara y regresara en una semana para ver qué noticias me tenía. Le expliqué que yo salía al extranjero al otro día muy temprano y que cualquier intento de reavivarla era urgente. Me dijo que lo mejor era intentar salvar el disco duro para rescatar la información y que eso le llevaría cuando mucho dos días. Le repetí que yo tenía solamente unas horas. Entonces me recomendó comprar otra computadora “Además en El Gabo están más baratas”, me aconsejó entusiasmado. Inútil explicarle que era mi único patrimonio y todo lo demás. Le dije que lo iba a pensar y que regresaba en unos días.
Caminé de vuelta, totalmente compungido, acariciando la idea de resignarme. Pasé al local de El Gordo una cuarta vez sólo para descargar mi frustración apedreando sus ventanas o intentando algún grafiti obsceno. Estaba abierto. “Hoy llegué a las tres y cuarto”, me dijo bostezando, “y voy a cerrar temprano por lo de la contingencia sanitaria” advirtió, desperezándose y buscando la aprobación de su asistente. Estallé en un mar de explicaciones que querían ser sollozos y El Gordo, impasible, comenzó a revisar mi aturdida laptop. Al concluir el escrutinio pronunció su veredicto junto a las probables causas de tan iracunda y virulenta crisis: “Tu computadora ya valió madres. Te atascaste bajando música y videos ¿Verdad?”. Nomás música, aclaré avergonzado ante la mirada inquisidora del asistente, que fruncía los labios y movía la cabeza en señal de desaprobación.
Después de una exhaustiva explicación en la que El Gordo pormenorizó en cada uno de los probables caminos a seguir, y reflexionó hondamente sobre cada posible solución, con el asistente asintiendo cada tres o cuatro palabras, concluyó mordaz: “Voy a intentar rescatar tu información, a riesgo de que se me contagie todo el equipo que ves aquí. Por el aparato ya no hay nada que hacer. Es increíble que todavía encienda”. Convenimos en que recogería la información en un disco externo que le proporcioné, cuatro horas después. También acordamos que podría llevarme los despojos de la laptop, o bien dejárselos para que, con toda calma, le extirpara el disco duro y lo adaptara a un dispositivo para su reciclaje. Hizo hincapié en las cuatro horas que se requerían para llevar a cabo la misión. “Ni un minuto antes”, porque era mucho trabajo, “ni un minuto después”, porque iba a cerrar temprano por lo de la contingencia sanitaria.
Yo todavía tenía muchos pendientes que arreglar y no podría volver justo a tiempo, así que le pedí a mi cuñado que visitara en mi lugar al PC Gurú, en punto de la hora señalada, para evitar otro desaguisado. Así lo hizo, pero encontró cerrado el local. Consternado, él que conocía mi itinerario de vuelo, localizó no sé cómo a El Gordo para exigirle una explicación. Simplemente cerró temprano por lo de la contingencia sanitaria. De todos modos no había podido terminar y entregaría el trabajo al otro día temprano. Cuando lo supe entonces si que se me cayó el ánimo. Era más fácil que mi vuelo me esperara cuatro horas a que el PC Gurú abriera su local antes del medio día.
Terminé mis asuntos hasta bien entrada la madrugada. De cualquier forma no pensaba dormir mucho la última noche en mi país. Me acosté agotado y aun así el insomnio me invadió. El escritorio vacío, donde mi otrora imponente computadora se erguía, encarnó todo el sentimiento que había postergado por tanto ajetreo y me puse a chillar como un marrano. Ya no por saber a mi lap postrada y desvencijada, entre el cascajo tecnológico de un taller polvoriento, sino por absolutamente todo lo demás. Por abandonar a mis padres. Por todo lo que no hice o hice mal en México. Por arrimarme a otro país. Por dejar tanto tiradero. Hasta entonces pensé en todo eso y me sentí un desertor.
Unas horas después me levanté, me bañé y bajé a desayunar. Estaba toda la familia reunida para despedirme, inclusive mi hermano Erwin. Entre bocado y bocado, mi cuñado me dijo: “no se te vaya a olvidar la computadora”. Ante mi extrañeza, precisó: “Xicoténcatl dijo que al final si la pudo arreglar”. ¿Quién es Xicoténcatl?, le pregunté confundido. “El que arregla las computadoras”, me aclaró, “Me entregó tu lap hoy muy temprano. Me dijo que respaldó toda tu información y que además arregló la compu y todo”, dijo señalando una bolsa sobre una silla. De inmediato revisé el interior del paquete y si, ahí estaba mi lap. La encendí y, rauda como en otros tiempos, trabajó sin problemas. Hasta la música y los videos recién adquiridos estaban ya encarpetados. Casi me ofendí de que mi cuñado no hubiera invitado al desayuno de despedida a El Gordo para hacerle un homenaje ahí mismo, aunque fuera pobremente. Me imaginé al Gurú, trajinando de madrugada como yo, lidiando con hordas de virus de última generación mientras consolaba a mi reumática computadora en su estado febril.
Tener de vuelta a mi escudera, aunque un consuelo pírrico, me ayudó a recuperar algo de esperanza para levantar el vuelo. Como de tantos otros, no me pude despedir de El Gordo. Ya no le pude decir que es mi héroe. Aunque estoy seguro que lo sabe.
La vorágine tecnológica, y la reflexión a que me obliga resignarme a la decadencia de mi computadora, es lo que me desanima del progreso. Me imagino que esta espiral sin fin es lo que produce vértigo a los postmodernistas, horror a los ambientalistas, indiferencia a los economistas y entusiasmo a los consumidores. A mí me produce aburrición y no encontré una categoría para incluirme. Que la caducidad de la tecnología ya casi se asemeje a la de los productos perecederos me hace desconfiar de todo aparato nuevo. Como desarrollé una relación muy íntima con mi laptop me resisto a la idea de, inexorablemente, abandonarla así nomás como un pedazo de basura. Sabrina (que utiliza un Blackberry de última generación y las laptops le parecen ya prehistóricas) me asegura que se debe a mi propensión a atesorar cuanto cachivache puedo. Tiene esa idea porque en México siempre me rehusé a tirar las video caseteras (una Beta y dos VHS) que teníamos en la casa. Lo mismo con una tele en blanco y negro que a veces llega a funcionar.
Prefiero mi versión de que soy un moderno temprano. Es decir, me sigo quedando perplejo cada vez que voy en un avión a la hora del despegue, justo cuando la nave se separa del asfalto. O cuando tengo enfrente un buque crucero, del tamaño de una unidad habitacional, suspendido en el agua. Me parece inverosímil que tantas toneladas de acero, gente y cachivaches se eleven por los aires, lo mismo que me pasma ver a esos gigantes, que pesan cientos de toneladas, a flote. También con las televisiones y video cámaras siento esa fascinación descomunal.
Cuando me empiezo a sentir demasiado estúpido por maravillarme con cosas tan mundanas, me pongo a pensar en cual sería la reacción de Homero o Virgilio frente, no digamos una computadora, pues sería en extremo apabullante, a las imágenes de un simple televisor. Sobre todo si se estuvieran viendo a si mismos en la pantalla. Estoy seguro que mi tele en blanco y negro haría parecer al Oráculo de Delfos una distracción de feria pueblerina. Cotidianamente me imagino viajando por el tiempo presumiendo mi cámara de video y mi tele portátil (como las que usan los taxistas) a todos los personajes históricos que se me ocurren.
Cuando me empiezo a sentir demasiado estúpido por dedicarle tantas horas a mis alucinaciones, regreso a mi compu y me pongo a pensar en cosas de mi tesis de licenciatura, para animarme, una vez más, a retomar su escritura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario