
Antes que Antonio estuvo el migrante Santiago, pero los detalles esenciales de los dichos y los hechos de éste se desmenuzan en “Padre de más cuatro”, título de una antología de relatos en ciernes. Como tarjeta de presentación adelanto un extracto de mi Querido Diario:
“Nueva York, miércoles 7 de octubre de 2008.
Ya casi se cumple un año de que me metieron a la cárcel. Quiero terminar las Crónicas de Playa Tamarindo para conmemorar ese aniversario pero, aunque platicado me sale muy bien, cada que me pongo a escribir se me ocurren puras pendejadas que no tienen nada que ver con la esencia de tan aleccionadora experiencia. Demasiada literatura diría yo. Estoy intoxicado de literatura que no de filosofía. También necesito empezar con la redacción de Padre de más de cuatro. Cada vez se habla menos de mi abuelo Santiago y eso no está nada bien. Todos se lo debemos todo a él. Con él se da un parte aguas en el árbol genealógico debido a su orfandad. Nunca debemos olvidar su audacia y su tenacidad. Sobre todo su sentido del humor. Sus mejores hazañas las he ido conociendo después de su muerte porque él nunca se ufanó de nada. Le gustaba contar chistes. Tenía una moral y una didáctica demasiado sofisticadas para ponerse a dar consejos. Siempre que le platicaban un chisme o le planteaban una situación para que emitiera su juicio contaba una historia, real o inventada, muy chistosa. Con eso era suficiente. Siempre estaba de buen humor, pero no era la bonomía propia de aquél que desconoce el sufrimiento, sino la del que ha sufrido bastante como para saber por qué cosas vale la pena enojarse.
En sus últimos años le daba por decirnos cuando nos despedíamos de él en La Escondida: “la próxima vez que vengan me van a buscar a Tingambato”. Hasta en eso tuvo razón. Cuando lo velaron y enterraron yo estaba en el Perú. Después de nuestra última despedida lo fui a buscar al cementerio de Tingambato a mi regreso de Lima. ¡Ah, que Don Santiago Figueroa! Se la sabía de todas todas. Es mi ídolo. Tuvo una vida tan cabrona desde que nació y el resultado de chingarse tanto fue desarrollar un genuino e irrefutable sentido del humor. No soporto la idea de generaciones venideras de Figueroas ignorantes de su herencia incalculable. Yo con mil veces menos problemas siento que me voy a volver un amargado o un asesino serial de ventajosos.
Casi amanece y parece que será otra noche en vela para mí”.
Epílogo.
“Dícese de los alebrijes que se van pero regresan. En parvadas o manadas, dependiendo la forma que
pretendan, siempre vuelven a ajustar cuentas. A consolar o atormentar, según sus manías”.
Diccionario de alebrijismos. Edición de Bolsillo.
No cabe duda que ser un migrante exitoso no es tarea para gente de esperanza quebradiza como yo. No sé si tenga vocación migrante. Confieso que no sé si tenga vocación alguna.
Noticia urgente a destiempo, a manera de despedida (y germen de todo el borlote).
Mis queridos amigos:
Hoy tomé la decisión, que había venido postergando pero que sabía ineludible, de irme a vivir indefinidamente a los Estados Unidos.
La pesadumbre y el fatalismo a que sabe aquella frase no sólo se debe a que salgo de nuestro México (objetivo primerísimo y ultérrimo de nuestros desvelos y proyectos revolucionarios) con ánimo de deserción, sino también a que la sede de mi exilio será la capital política del gigante del mundo (objeto primerísimo y ultérrimo de nuestras críticas más apasionadas y envidias más soterradas). Además de los remordimientos del tránsfuga me invaden también el temor a lo desconocido y la nostalgia de mis promesas incumplidas. Me duelen mis fallos, taras y marrullerías.
También me duele mi padre. Con su enfermedad y sus setenta y cuatro años a cuestas tiene que lidiar con los problemas de sus hijos que andan por la vida a los tapaderazos. No soporta que pasemos penurias y se solidariza en angustia, dilapidando sus centavos y sus años que guardaba para el sosiego.
Parto con deudas académicas, pecuniarias, sentimentales y profesionales. Las boronas de entusiasmo que me quedan las voy a usar para incendiar mis naves apenas haya cruzado al Otro Lado. Como Cortés: no habrá regreso sin conquista previa
Por otra parte, debo reconocer que las condiciones de mi exilio se presentan, estadísticamente, muy afortunadas. Me van a hacer varias fiestas de despedida en el Distrito Federal y por lo menos dos fiestas de bienvenida en el Distrito de Columbia. A diferencia de varios millones de paisanos nuestros, caigo en blandito a mi llegada. No puedo decir que migro como las elites empresariales o intelectuales (sin un plan las primeras pero con dinero. Sin dinero pero con firme propuesta laboral las segundas) pero es un hecho que el comité de recepción encabezado por mi esposa podría agasajar a cualquier jefe de estado (en estos momentos hay dos abogados especializados en migración apurados en mis trámites de residencia y permisos de trabajo). Sabrina, mujer bella, inteligente y reincorporada al establishment washingtoniano, me abre de par en par la puerta grande del sueño americano para iniciar desde cero una carrera profetizando en inglés y en tierra ajena.
Sin embargo no puedo evitar la sensación de derrota por la necesidad de mi partida. Miré siempre muy alto, queriendo volar, y me tropecé a cada intento con las piedras a ras de suelo. Por eso intento ya no mirar tanto las nubes. Ahora que ando con la mirada baja caigo en la cuenta de que el camino está lleno de piedritas y que me está costando mucho trabajo evadirlas.
De verdad que no quiero rasgarme las vestiduras, pero todo lo que escribo sabe a escupitajo de tísico, por mi ánimo agrio y desvencijado. Prometo no volver a escribir hasta que haya buenas noticias.
Abrazos, todavía, desde México.
Manuel Figueroa.

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