jueves, 14 de mayo de 2009

Alebrije Quinto



El Camino Encantado

 

El camino que lleva al rancho La Escondida es corto pero está encantado. No como el que va a Pátzcuaro, que es más largo pero escoltado por paisajes tersos y con olores a tierra húmeda. O el camino a Uruapan, que es el consentido de la luna porque siempre lo acompaña con su resplandor. El camino al rancho es corto pero está lleno de historias. Que dizque se aparece el diablo y que los duendes y que la chingada. Muchos de los que cruzan por ahí lo hacen siempre de día; pero si no queda más remedio pues se atraviesan de noche; luego muchos se asustan porque los agarra la noche  por andar de borrachos en las fiestas de Tingamabato. A veces la gente de La Escondida quisiera quedarse mejor en el pueblo pero no hay hoteles. O llegar al rancho por otro lado pero es el único camino que existe. Puede ser que cuando se les hace noche ya mejor se van al Gabacho para no quedarse atrapados en la oscuridad de ese camino.

La primera noche que caminé por allí me metieron un buen susto.

Resulta que regresaba yo de madrugada con varios camaradas de un baile en el auditorio municipal. La luna nos alumbraba a media luz el trayecto y la charanda nos traía risueños y platicadores. Yo presumía a mis comparsas que la pelirroja del pueblo por fin me había aceptado una vuelta en la rueda de la fortuna destartalada (que se aparecía en la plaza cada que había fiesta). Mi primo, que venía remojado en alcohol, denunciaba a una muchacha por haberle hecho el feo “según que por borracho”. El más valiente y peleonero de todos se jactaba de haber retado a varios a medir hombría con los puños “y puros jotos, nadie le entró”. El más joven del grupo iba contento por haber asistido a su primer baile codeándose con los más entrones del rancho.

Al salir de una curva nos sorprendió a lo lejos una imagen de blanco, chaparra como de metro y medio, orillada en la brecha. Todos nos quedamos quietos. A mi primo se le bajó de sopetón la borrachera. “No mames qué es eso…” alcanzó a decir cuando otro lo calló de tajo porque vimos que la imagen se movía y atracito otra le seguía. Luego otra y otra y otra. El camino se bloqueó de lado a lado con manchas blancas que flotaban.

No podíamos creer lo que teníamos enfrente, al final de la recta. Alguien dijo que eran ánimas que salían a escarmentar borrachos y juró ahí mismo nunca más beber. El más joven murmuró “han de ser narcosatánicos… dicen que aquí hay un chingo”. Yo pensé de inmediato que eran unos ojetes que salían encapuchados a cazar incautos para vender luego sus órganos; y me cagué de miedo. Todos nos cagamos de miedo.

Las imágenes no se acercaban a nosotros pero no se quitaban del camino. Estaban inmóviles, esperándonos. Nosotros tampoco nos movíamos. No sabíamos qué hacer y no queríamos dar el primer paso.  Empecé a buscar piedras con la punta del pie pero nomás se sentía grava suelta. No había nada con qué defendernos. “Hijo de su pinche madre qué será…”, preguntó de nuevo mi primo, con vocecita chillona porque tenía los güevos en el pescuezo. El valiente y peleonero organizó: “a las tres… nos echamos a correr de regreso a Tinga…” propuso, casi inaudible. Yo estaba muy asustado y no me respondían las piernas. Iba a rogar que no me abandonaran con mi parálisis cuando, bajito, inició la cuenta: “una, dos…”. A medio conteo un ruido grave pero conocido me devolvió el alma. Otro ruido igual le siguió; y luego otro y otro.

Eran mugidos de vacas pintas que buscaban zacate para desayunarse. Las conchudas decidieron hacer una pausa en el camino para rumiar el bocado, reflejando con sus partes blancas la luz que las bañaba, indiferentes a nuestro terror.

 

Todos nos empezamos a reír. Primero con risita nerviosa por si acaso y luego a carcajadas cuando comprobamos que no había nada que temer. Con las risotadas los animales se asustaron y retomaron su camino hacia el monte. El que había jurado dejar la tomadera nos preguntó si valdría el juramento y yo le dije que no. La inocente charanda no había tenido nada que ver. Fue la luna la que nos jugó la broma.

 

Muchas noches después el destino me quiso poner otra vez en ese camino; ahora sólo. Yo creo que la luna se ofendió conmigo, aquella primera vez, porque nunca se apareció cuando más la necesité.

 

 

Esa segunda ocasión llegué muy noche a Tingambato. El pueblo dormía sin hacer ruidos. Nunca lo había sentido tan callado. Me fui toda la calle principal sin encontrarme ladridos histéricos ni teporochos trasnochados. Iba yo sumido en mis preocupaciones citadinas y con ganas de llegar porque el viaje había sido largo. Fue hasta que me encontré en la otra orilla, donde empieza el camino hacia La Escondida, que me di cuenta que sería la primera vez que caminaría por allí yo sólo y a oscuras.

De tan nublado no había más luz que la del farol que anuncia el final del poblado y que alcanza a iluminar, aunque tenue, toda la primera recta. Por lo regular siempre huele a algo. A hojas de aguacate o a mierda de vaca; a veces a miados de zorrillo. Esa vez no olía a nada  y empecé a sospechar.  

Caminé apurado para llegar a las curvas y atravesar cuanto antes ese laberinto que me separaba del rancho. Cuando me sumergí en la primera de las curvas se despidió la última luz y me quedé completamente ciego, como si me hubieran apagado el único foco en un cuarto cerrado y sin ventanas. No podía ver ni mis pies de tan oscuro. Ya no supe si caminaba con los ojos abiertos o cerrados porque no sentía la diferencia. Me saqué las manos de los bolsillos para prevenirme, a tientas, contra una caída y para no chocar con el alambrado de púas que cerca ambos lados del camino. Creo que de tanta oscuridad perdí la noción del espacio porque sentía que no andaba nada y caminaba y caminaba y nada que avanzaba. Excepto mis pisadas en la arena no se oían ruidos. No se escuchaban grillos rezongando ni aguacates cayéndose. Ni siquiera el viento, que otras veces retumba entre los árboles y los echa a pelear a ramalazos.  

 

Yo creo que fue el silencio. Porque de otra manera no me explico  porque de pronto empecé a escuchar a un lado del camino, entre los árboles, a niñitos que corrían y  se reían. Primero no les hice caso pero se empezaron a burlar. Me insultaban en tarasco, enojados, para luego reírse otra vez. A los tumbos iba caminando yo, muy al paso, pero a buen ritmo. De todos modos no había regreso ya. Sólo seguir adelante hasta llegar. Traía encarrerado el corazón (como si quisiera llegar él primero que yo) y mis latidos resonaban como si me los oyera con estetoscopio. Además de mi corazón vuelto loco empecé a escuchar pisadas unos metros atrás de mí. Se oía como si, entre varios, apisonaran fuerte la grava que mi urgencia de avanzar iba aflojando.

 

Tenía ganas de fumarme un cigarro pero no quería detenerme a prenderlo, no me fueran a alcanzar los pasos que me seguían a la carrera. Para qué llamar la atención más de la cuenta. Luego empecé a escuchar que alguien andaba junto a mí. Casi sentía sus pisotones a un lado pero no me atrevía a voltear. Que iba a hacer yo si no me gustaba lo que mirara. Ni modo que me muriera del susto ahí mismo o que me echara a correr y me ensartara con el alambre de púas de la cerca. Tenía que seguir y seguir, a ver cuando se acababa el camino. Luego ya no escuché las pisadas. Con el rabillo del ojo eché un vistazo rápido como cuando se cambia uno de carril. No vi nada. Me animé a revisar a mis espaldas sin perder el paso y no lejos distinguí unas sombras que cruzaban de un lado a otro el camino como correteándose entre ellas. Yo seguí adelante y al poco rato volví a mirar; y las volví a ver, igual de entretenidas persiguiéndose y sin ponerme atención. Yo estaba seguro que no era nada, que todo eran figuraciones de mi mente que me hacía desatinar. Pero el camino no se acababa y yo no tenía más remedio que seguir con miedo porque no sabía que más iba a ver en ese tramo que de noche se pone muy largo. Clareó algo cuando llegué a los cerritos. Pude ver las siluetas de los únicos pinos que no han tumbado para sembrar aguacate (quién sabe porqué). No me quería acordar yo de las historias que cuentan de que allí anda un perro que se ríe cuando huele el miedo.  Dicen que cuando le empiezan a uno los escalofríos luego luego se oyen las carcajadas del animal. Que a veces cuando no hay luna se ven colgados en esos pinos los cuerpos de todos los que se han muerto accidentados en la carretera y que ya no pudieron regresar al rancho. Que aunque esté oscuro se les ven los ojos bien abiertos acompañando todo ese tramo a los caminantes, como la Gioconda que lo sigue a uno con la mirada para todos lados. No me quería acordar de las habladas de que también se aparece el diablo entre los árboles, y que áhi se está nomás, como si fuera un carnicero que tiene oreando la carne destazada. Pero me acordé. Y tuve que lidiar con esas historias todo el paso por los cerritos y me tocó ver a todos los colgados (yo no pensaba que fueran tantos) pero sin sostenerles mucho la mirada. No hablaban pero sus ojos suplicantes me lo decían todo. Al diablo no lo ví, pero no porque no estuviera sino porque yo iba concentrado en mis pasos para no irme de bruces. A la mitad de ese tramo volteé otra vez y miré a las sombras que se habían quedado donde empiezan los cerritos. Me estaban todas como viendo. Por eso digo que ese pedazo del camino tiene fama de que allí se pasea el diablo, porque ni las sombras se animaron a seguirme. Nomás me veían asustadas, petrificadas a mitad del camino, como rezando por mí. Los que todavía me acompañaban eran los niñitos, pero se oían enfurecidos. Quedito me amenazaban con apedrearme y lloraban entre los árboles, al otro lado de la cerca. No los podía ver pero escuchaba sus gemidos y sus insultos y como se sorbían los mocos.  Mi corazón empezó a hacer un ruidero (como si trajera en el pecho a la orquesta del pueblo) y mejor me lo cubrí con las manos, a ver si se calmaba. Traté de consolarlo pensando que ya qué caso tenía asustarse, que para qué tanto escándalo. No era que me molestaran los latidos, pero no quería que le diera envidia a toda esa gente encaramada entre los pinos. Con el corazón a todo volumen ya no puse atención a lo demás. Seguido sentí escalofríos eso si; de esos que recorren completo el cuerpo, como si le metieran a uno en la oreja la pura puntita de una lengua. Pero la verdad nunca escuché risas de perro ni nada (a veces la gente habla nomás porque tiene boca).

 

Ese camino de día es mucho más corto pero de noche se vuelve interminable. No notaba ningún avance porque el paisaje seguía inmóvil. Ya no sabía si todo ese tiempo había ido hacia adelante o estuve yendo hacia atrás. Tal vez ese tramo no se acababa nunca. Comencé a preguntarme si sería mejor regresar. Desandar el camino aunque de regreso me topara con las sombras y los ruidos en la grava.  Arriesgarme a que los niñitos cumplieran sus amenazas. Se me antojaba detenerme aunque fuera a fumar un cigarro; al fin y al cabo algún día tendría que amanecer.

 

En esas estaba cuando se me apareció un puntito luminoso. Fue cuando supe que ya había alcanzado la última recta del camino (porque esa lucecilla es la del farol que anuncia el letrero que dice: La Escondida). Ni siquiera volteé a despedirme de los cerritos ni a averiguar qué eran esos berridos que se apagaron cuando me encontré la primera luz en mucho tiempo. Todavía faltaba un largo tramo que recorrer pero ya estaba descansado pues no había pierde. Sólo debía perseguir aquel destello que me anunciaba la buena nueva.

 

 

Se rumora que hay cosas en la vida que se facilitan después de hacerlas la primera vez, como pruebas concluidas. Subirse a la montaña rusa o aventarse en paracaídas. Pedirle matrimonio a alguien o decir un chiste en público. Algunas después de enfrentarlas como que se quedan sin encanto. Pero hay otras, muchas, que nunca lo pierden.

 

Si el destino me lo preguntara: jamás recorrería ese camino otra vez, yo sólo y a oscuras.


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